El edificio (reboot, 122)

De todas las formas posibles de desplomarse, el edificio escogió la que era más inofensiva para los habitantes del exterior, y la más dañina para los edificitarios: plegándose sobre sí mismo como un animal que se encoge y se acurruca para morir en su guarida. Las vigas centrales, que podían haberse partido en direcciones distintas, abriendo el edificio como una flor cenicienta, en vez de eso implosionaron combándose sobre sí mismas, con prisa por aplastarse las unas a las otras. Incluso la aguja, que colgaba lateralmente del edificio como un aguijón, con la inercia inesperada de la caída volvió a montarse brevemente en su posición original, y allí permaneció, inmóvil en su movimiento descendente, hasta llegar al suelo y espacurrarse como una copa de vidrio barata. Esa caída fue el último suspiro de gloria del edificio, su último llanto trágico antes de desaparecer en las tinieblas de la memoria, llevándose consigo todo lo que podía llevarse consigo, y aún un poco más.

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