El edificio (reboot, 109)

En los buenos tiempos, que ahora parecen tan lejanos que resultan inverosímiles, en los supermercados del edificio podía encontrarse cualquier producto de cualquier lugar del mundo: pescado del Ártico, carne de vaca australiana, col rizada china, cresta de gallo mexicano, avestruz, caribú, cocodrilo, salsas, especias, condimentos. (Los supermercados del edificio no se llaman supermercados). De ahí que la gastronomía del edificio evolucionase hacia un eclecticismo snob sin base en la realidad ni en la costumbre: croissants franceses con salsa de ostras, solomillo de Kobe en after eight, café colombiano con queso gruyère, cualquier combinación posible era posible, independientemente de lo que pudieran pensar los de afuera. Y lo mejor es que como en los buenos tiempos en el edificio no existía el dinero, no se pagaba por todos estos alimentos; o mejor dicho: se pagaba, pero se pagaba con la vida, se pagaba viviendo en el edificio; o mejor dicho todavía: se pagaba con la vida de los otros, de los de afuera, de los que habían cultivado, recolectado, empaquetado, transportado y distribuido esos alimentos por todos los supermercados del edificio, que en realidad no se llamaban supermercados.

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