El edificio (reboot, 107)

Ha sido llamado “el último gran filósofo del edificio”, o “el filósofo de la caída”. Frente al frenético hedonismo de los grandes días, propugnaba un ascetismo estoico: una calma aceptación de la inutilidad de la vida, una resignada espera de la muerte por aplastamiento. Defendía la inacción, porque total, tanto valía hacer una cosa como no hacer nada, y no hacer nada cansa menos. En coherencia con su propia filosofía, nunca escribió una línea, y hablar hablaba lo mínimo imprescindile; su labor pedagógica se limitaba a ser, a estar, a existir. Tuvo cierto éxito entre los pisos 700 y 800, quizás porque desde ellos se llegaba a ver el agujero abierto por la caída de la aguja. Algunos de sus seguidores más fanáticos se dejaron morir de hambre, de sed, de frío, o fueron invadidos por las llagas a causa de la completa inmovilidad. El nombre del filósofo no se ha conservado; algunos incluso dudan de su existencia.

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