El edificio (reboot, 103)

—¡Salvad el arte, salvad el arte! —gritaba una voz de mujer a través del atrio—. ¡Que perezca el edificio si tiene que perecer, pero que se salven nuestras esculturas, nuestros libros, nuestra música, nuestras pinturas, para que quede memoria de lo que fuimos!

No se hizo nada para seguir el consejo de la mujer; habría sido absurdo hacerlo. Tan absurdo como si estuviera ardiendo Notre Dame y alguien gritase: “¡Salvad los souvenirs de la tienda de souvenirs! ¡Salvad las postales, y las medallitas de la Virgen, y esas velitas que en realidad son bombillas y que se encienden cuando se meten 50 céntimos! ¡Así la gente se acordará de nosotros!”

En realidad se podría decir que el propio grito de la mujer, por inútil y extemporáneo, era una forma de arte, destinada a perderse junto con el edificio.

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