El edificio (reboot, 99)

En esta época, la vida diaria en el edificio es un milagro constante. Conscientes de que el final se acerca, los edificitarios se despiertan sorprendidos de verse vivos y corren a asomarse al atrio para ver si las vigas centrales del edificio aguantan, o mejor dicho, cómo es posible que todavía aguanten. A lo lejos, en lo alto, pueden ver cómo la aguja del edificio se va combando, y cómo poco a poco los pisos se van desplomando los unos sobre los otros; pero eso es a lo lejos, en lo alto, aquí la vida sigue y los edificitarios van a sus trabajos o vuelven a sus casas a esperar el desenlace inevitable y cercano.

Claro que los edificitarios podrían haber escapado del edificio e intentado empezar una nueva vida en el exterior; pero esa idea ni siquiera se les pasa por la cabeza. Dile a un esquimal que el hielo se derrite, que el mar se calienta y que tiene que aprender a vivir en un desierto: preferirá morir. Es igual para los edificitarios, y más todavía para los albinos, que llevan el acero en la sangre, el cemento en los huesos y el vidrio en la piel.

Así, los edificitarios aprenden a vivir cada día como si fuera el último, lo que significa que los aprovechan, disfrutan y agradecen como adolescentes, pero también que renuncian a cualquier esperanza o proyecto de futuro a largo plazo. Aunque el edificio no se derrumbase, los edificitarios se extinguirían igualmente, porque han dejado de creerse posibles.

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