El edificio (reboot, 93)

En el piso 947, un hombre ya anciano mira por la ventana y piensa: nuestra generación construyó este edificio, hermoso, magnífico, imponente, destinado a durar milenios; ahora la generación de nuestros nietos lo deja caer, cuando no lo derriba con sus propias manos, sin importarles el esfuerzo y sacrificio que nos llevó levantarlo.

Naturalmente, recuerda mal: no fue su generación quien construyó el edificio, sino la generación de sus tataratatarabuelos; no fueron sus sacrificios ni su esfuerzo los que lo levantaron, sino los de quienes pusieron la piedra, el cemento, el acero, el vidrio en el lugar en el que están ahora; y sobre todo, nada puede estar destinado a durar milenios, y si dura milenios es porque de la utopía original ya solo queda el esqueleto vacío, alrededor del cual la carne se pudre y se despoja.

Tampoco acierta a pensar que quizás la generación de sus nietos con las ruinas del edificio acierte a construir algo hermoso, magnífico, imponente, aunque también efímero, porque así es el paso de los tiempos, así ha sido siempre y así tiene que ser.

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