El edificio (reboot, 92)

Las puertas del edificio se cierran con estruendo, como un redoble tenebroso de tambor. Se acalla, en cambio, el rumor incesante de los camiones. ¿Qué ha pasado? Que el mundo exterior ha dejado de enviar suministros al edificio, porque el edificio no los paga. ¿Y los pagaba antes? No, el edificio no ha pagado nunca por los suministros que recibe. Lo que pasa es que el mundo exterior ha dejado de ver al edificio como a un dios implacable al que conviene apaciguar con ofrendas, o como a un dios cándido que a lo mejor algún día las devolverá con creces. Ahora, el edificio es un matón que durante años ha usado su tamaño y su fuerza para robarle la merienda al resto de los niños; solo que ese matón ya no es adolescente, y tiene artritis, y artrosis, y la amenaza de una violencia que nunca llega ya no es amenaza suficiente. En el interior del edificio la noticia del cierre de las puertas tarda meses en ascender hasta la aguja superior; para cuando el último edificitario del último piso se da por enterado, en los pisos inferiores la situación de hambruna es ya insostenible.

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