El edificio (reboot, 36)

Si se mira desde un piso bajo, se ven las filas y filas de camiones que entran en el edificio con comida, agua, ropa, juguetes, libros, productos de higiene, grandes y pequeños electrodomésticos así como todo tipo de bienes de consumo que van de lo imprescindible a lo ridículamente accesorio, y también las filas y filas de camiones que salen cargados de basura orgánica en descomposición, papeles rotos, botellas partidas, plásticos sucios, aparatos estropeados y también, sí, cadáveres humanos en mejor o peor estado de conservación. Desde estos pisos bajos, el edificio parece una máquina terrible de consumir, quebrar, triturar, digerir. Desde los pisos medios, todo este movimiento se transforma en un correteo de hormiguitas que hasta hace gracia por su rapidez y su constancia, que hacen que lo discontinuo parezca continuo; el caos, orden. Desde los pisos más altos no da para ver nada; el edificio se transforma así en un ser místico y abstracto, como un faquir que no necesita comer para seguir viviendo, y los productos que uno necesita no parecen venir de ninguna parte: simplemente aparecen, sin que uno deba preguntarse demasiado por su origen ni las condiciones de su producción.

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