El edificio (reboot, 21)

Cuando el edificio tenía ya doscientos veintiséis pisos de altura, hubo un derrumbamiento. Las quince últimas plantas del edificio quedaron completamente destruidas; las treinta inferiores, damnificadas en mayor o menor medida. Pero la estructura central del edificio, su andamiaje, sus columnas maestras, sus cimientos, resistieron. Murieron setenta obreros, resultaron heridos más de mil. No hubo funerales y nadie los reclamó: los cadáveres se lanzaron por el hueco del atrio a una fosa común y nunca se supieron sus nombres. En el piso noventa y tres se instaló un hospital de emergencia para los heridos leves; a los más graves também se los lanzaba por el atrio, porque curarlos costaba más que sustituirlos. La construcción del edificio no se detuvo más de lo imprescindible: evaluación de daños, recuperación de cascotes, limpieza de escombros, vuelta al trabajo. Gracias al derrumbamiento, decían los arquitectos, el edificio no solo había demostrado su fortaleza, sino que había ganado nuevo impulso para seguir creciendo, alimentado con la sangre y la carne de los caídos. A las familias que lloraban a los muertos con demasiado afán, disminuyendo la moral de los otros trabajadores, se les daban veinte sueldos o veinte latigazos, aleatoriamente.

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