El edificio (42)

En un día normal (si es que eso ha existido alguna vez en la historia) el edificio se divide en dos. Por fuera, y visto desde cierta distancia (digamos, desde Saturno), ofrece una apacible imagen de estabilidad, a pesar de la leve ondulación de la aguja, que se mantiene incluso en los días de menos viento; por dentro, los habitantes del edificio se mueven constantemente por él como un picor, en trayectorias circulares en sentido literal o figurado, horizontales, verticales, laterales, zigzagueantes, cada vez más aceleradas. Las dos imágenes del edificio son verdaderas; las dos son falsas.

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