El edificio (37)

Por los huecos de los ascensores del edificio suben y bajan los monos. Para ellos no hay barreras, no hay divisiones en el edificio: el edificio entero es su territorio. Allí donde un albino de los círculos intermedios se detiene, porque hay demasiada luz, un mono corre feliz, porque hay luz; allá donde un hombre de los pisos superiores se detiene, porque el olor a cuero y a sudor y a cable quemado se le hace insoportable, los monos llegan sin problema, porque se reconocen en ese olor a cuero, a sudor y a cable quemado. Algunos mueren atropellados por los ascensores, pero siempre hay otros monos para sustituirlos, y a veces los monos son tantos que detienen los ascensores con sus patas. Fallo técnico, dicen, vienen los encargados con sus herramientas y con unas cosas que si no supiéramos mejor pensaríamos que son escopetas. En realidad, los monos son quienes mejor se adaptan al edificio; casi se podría decir que el edificio ha sido construido a la medida de los monos; los seres humanos, entonces, solo serían un parásito indeseable.

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