El edificio (36)

En un piso no de los más altos (pero tampoco de los más bajos) del edificio nace un niño; los padres lo acunan, lo abrazan, están felices, es un niño rosado, peludito, llora abriendo mucho la boca. Llegan unos hombres bien vestidos; les dicen: este es el edificitario un millón, o diez millones, o cien mil millones (no importa el número que digan, es mentira, o mejor dicho, es tan mentira como verdad: es incierto). Los padres de la criatura sonríen, les hacen fotos, les preguntan, ¿ya han pensado en un nombre? Samuel, se llamará Samuel. Los hombres se ríen. ¡No se llamará Samuel, qué tontería! Se hacen fotos todos juntos, les regalan ropitas y zapatitos y un carro demasiado grande para los pasillos del edificio. Confetti. A última hora de la noche, cuando las luces de los grandes atrios ya se han apagado, los hombres de traje se despiden y desaparecen en los ascensores, que van hacia arriba, siempre hacia arriba. Entonces los padres de Samuel se dan cuenta de que ya no tienen a Samuel (que efectivamente nunca sabrá que se llama Samuel, así que no se llama Samuel). Nunca vuelven a verlo, pero la madre pronto volverá a quedarse embarazada y esta vez el edificio no manda ningún emisario.

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