El edificio (22)

Muy pocas personas tienen acceso a los sótanos del edificio; solo las estrictamente necesarias. No se trata de una cuestión de seguridad: el edificio es inexpugnable, para derribarlo haría falta más explosivo del que se ha producido en el mundo desde que los chinos inventaron la pólvora. Se trata de algo simbólico: el edificio proyecta su sombra majestuosa sobre los cuatro confines de la tierra (o más, si hay más), como una muestra casi divina del poder humano; pero las plantas subterráneas (que son más de cuarenta, según cuentan los que las han conocido) están llenas de aceite de motor, vapor, charcos que es mejor no preguntarse lo que son, grandes máquinas que mueven los montacargas arriba y abajo, cuerpos sudados, cosas podridas, una enorme sala del tamaño de un piso entero llena de ordenadores con luces chispeantes, y miles de kilómetros de cable que si alguien los cortase nadie sabe lo que podría pasar. Dar libre acceso a los sótanos del edificio sería como mostrar los intestinos del emperador; y el emperador puede estar desnudo, pero no caga.

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