El edificio (17)

El edificio no reconocía ninguna autoridad externa y no tenía, por lo menos inicialmente, ninguna autoridad interna. Por supuesto, estaba en un territorio, pertenecía, idealmente, a un país, pero cualquiera podía comprender que el edificio era su propio territorio, su propio país. Su funcionamiento quería ser el de un organismo vivo; el edificio era, en cierto modo, una utopía. Que los pisos más altos, más espaciosos y con mejores vistas, estuvieran ocupados por familias poderosas y adineradas les parecía a muchos tan natural como el viento o la lluvia, como que el sol saliera cada mañana por el mismo sitio. La compleja burocracia que controlaba todos los procesos que componían el edificio hacía su trabajo de hormiga sin cuestionarse nada; nadie sabía quién había organizado esa compleja burocracia, o si se había organizado sola, y a nadie le interesaba demasiado preguntar. Luego pasó lo de los ascensores, y se hizo evidente la necesidad de un poder que controlase, ordenase, castigase. La política había entrado en el edificio.

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