El tamaño no importa

Desde muy joven, con solo veinticuatro años, Guillermo Zamora decide dedicar su vida a demostrar que no es una cuestión de encontrar historias sino de saber desarrollarlas, no es una cuestión de imaginación sino de técnica, con un mismo tema puede escribirse un cuento, una ópera, una tragedia, una novela histórica. Puede no parecer una gran verdad a la que dedicar toda una vida, pero a él le parece suficiente, y se dedica a ella con una fidelidad estúpida pero loable.

Así, com veinticinco años escribe un libro de microrrelatos que es un compendio de todos los géneros y en todos los modos imaginables (o de todos los que é consigue imaginar, por lo menos): hay relatos de terror, policiacos, de ciencia ficción, románticos, históricos, costumbristas, realistas, surrealistas, post-realistas, en pasado, en presente, en futuro, en primera, segunda y tercera persona del singular y del plural, con estilos que van desde lo vulgar a lo sublime, pasando por lo anodino.

No es un mal libro de microrrelatos, no es Ana María Shua pero sin duda es mejor que lo que se publica en la mayoría de blogs como este. No consigue publicarlo porque, bueno, quién coño quiere publicar un libro de microrrelatos, pero eso tampoco le importa porque ese no es el objetivo con el que ha escrito el libro. Cuando termina el libro de microrrelatos sabe que ya nunca más en su vida tendrá que inventar una sola historia más desde la nada, y siente un alivio y una gran tristeza.

Después, empieza la que de verdad es la tarea de su vida: reescribir cada uno de los microrrelatos del libro en forma de relato, con una extensión de entre diez y treinta páginas. Comienza con el primer microrrelato del libro, se ha propuesto ser implacable y exhaustivo y no saltarse ninguno, esto es el trabajo de toda una vida, después de todo. Y al principio le cuesta, y al principio le salen malos relatos, relatos que son paráfrasis del microrrelato en el que se basan, microrrelatos estirados como un chicle con frases vacías y descripciones pesadas.

Pero luego le va cogiendo el truco; algunos microrrelatos se convierten en cuentos dignos, otros en buenos relatos, algunos excelentes. Cada año publica un volumen con los cuentos que ha conseguido escribir, con los que está realmente satisfecho. Algunos años el volumen solo tiene cuatro relatos, en otros casos, ocho, nueve y hasta diez relatos. Para entonces ya lo ha descubierto una pequeña editorial de Barcelona, que ha publicado el libro de microrrelatos original, y los volúmenes de relatos posteriores; el gran público todavía no lo conoce, pero entre los escritores es como una mascota, una excepción entrañable; la gente le tiene cariño.

Termina de escribir los relatos basados en los microrrelatos con 48 años, pasado el medio del camino de su vida. Sus seguidores, que ya son algo más abundantes, piensan que ya ha cumplido su objetivo y que se retirará, o bien que escribirá algo diferente, la primera historia original en veintitrés años. Lo esperan con curiosidad, y él les hace esperar: en los dos años siguientes no publica nada, casi no se relaciona con escritores, le invitan a congresos a los que no va y le piden entrevistas que no concede.

Porque el siguiente paso de su tarea, claro, es transformar los relatos en novelas, y eso exige tiempo, práctica, concentración. Vuelve a empezar otra vez por el primero de todos, e intenta imaginárselo convertido en novela. No será suficiente con estirar todavía más las descripciones y añadir todavía más escenas y personajes secundarios, hay que establecer subtramas, añadir profundidad, complejidad, a lo mejor una nueva perspectiva. Otra vez, como con los relatos, las primeras intentonas no lo dejan nada satisfecho: son novelas flojas, no necesita que nadie se lo diga. Aun así no las borra, las deja archivadas y vuelve a empezar de cero.

La primera novela de la serie es una novela experimental, lo que es curioso, porque el microrrelato original era mucho más simple. La recepción del público es fría, y por primera vez eso lo desanima y lo irrita. La segunda novela ya le sale mejor, es un thriller político y se vende como churros; la cuarta en cambio es un novelón de cuatrocientas cincuenta páginas, escrita al estilo del realismo decimonónico. La octava novela le lleva casi tres años, y sin embargo le sale una novela densa, poética, de apenas cien páginas, que algunos críticos consideran su obra maestra.

Guillermo Zamora tiene entonces sesenta y ocho años, y hay quien dice que está empezando a perder la cabeza.

Para esas alturas, ya hay quien le considera un clásico vivo. En los manuales de literatura española contemporánea se suele mencionar su libro de microrrelatos, sus volúmenes de relatos (en particular los que hacen los números seis y trece de la serie) y algunas de las novelas, pero sobre todo la quinta, que se clasifica como “obra generacional”. La décima novela de la serie es una buena novela histórica, sin más; la duodécima es un caos prácticamente incomprensible, pero nadie sabe si esa era la intención del autor, o si es que realmente ya está gagá. No da tiempo a preguntárselo, porque muere apenas un mes después de terminarla. De la siguiente novela solo se encuentran apuntes dispersos, que hacen pensar que quería trasladar la acción a Rusia y nombrar al protagonista “Boris”.

Algunos se lamentan porque Guillermo Zamora no consiguiera terminar su labor; otros hacen algo más que lamentarse. Se crea un  círculo de continuadores de su obra, con el apoyo de la familia del difunto; los relatos restantes se reparten entre escritores entusiastas, algunos con más talento que otros, algunos sin ningún talento en absoluto. Poco a poco, las novelas van publicándose, en el mismo orden que los relatos; es algo conmovedor, también algo absurdo, o es conmovedor porque es absurdo.

Cuando la viuda de Guillermo Zamora muere, sus hijos deciden abrir el archivo del autor a los inivestigadores, esos buitres con gafas. Así se descubre el gran secreto, el que el escritor ocultó celosamente: que, en secreto, siguió inventando historias y escribiendo microrrelatos durante toda su vida. Naturalmente, esto invalida todo el sentido autoimpuesto en su vida, pero a los editores y a sus seguidores fieles no parece importarles. Mentalmente, y en algunos casos literalmente, se frotan las manos: ahora hay que transformar esos microrrelatos en relatos, y esos relatos en novelas…

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