Una escena y tres historias

Estoy cenando sushi en uno de mis restaurantes favoritos, concentrado en coger un rollo california de salmón con los palitos. Entonces oigo una voz de hombre que dice: “¿Es este el tipo?”, y una voz de mujer que le contesta: “vámonos, Juan”. A la mujer ni siquiera la veo, está a mis espaldas, junto a la puerta del restaurante; el hombre es un chico alto, de unos treinta y tantos, camisa gris, pantalón vaquero, que se acerca hacia la cocina. “Estabas mirando fijamente a mi novia”, le dice a alguien que no puedo ver. Y luego, en inglés: “You shouldn’t stare at people. That’s not right. Yes, you were staring at her”. La chica vuelve a llamarlo desde la puerta, y él ahora le hace caso y se va, pero en el camino hacia la puerta, se dirige a uno de los camareros y le pregunta, todavía en inglés: “What is wrong with him, does he have a disease? No, seriously, does he have a disease?” Cuando la pareja sale, los camareros comentan lo que ha pasado en una lengua que no comprendo, con los ojos muy abiertos, riéndose mucho.

A partir de esta escena, se pueden escribir por lo menos tres historias.

En la primera historia, el hombre de la cocina, al que no he conseguido ver, es en efecto un pervertido, que se dedica a mirar desde allí a las clientas babeando o, quién sabe, tocándose. Los camareros probablemente lo saben, a lo mejor no es la primera vez que pasa, por eso se ríen. El mirón debe de ser el dueño del restaurante, por eso no tiene miedo de que le despidan, por cerdo; a lo mejor hasta montó o compró el restaurante solo para eso: para poder acosar a las clientas. En este escenario, la pareja está indignada con toda razón; mañana se podrán leer sus comentarios sobre el pervertido del restaurante Miyagi en la página de Tripadvisor.

En la segunda historia, la mujer está inventándose las miradas del tipo de la cocina; igual cree verlas, o igual simplemente quiere montar una escena. El chico, su novio, o marido, o lo que sea, sabe que ella se las está inventando, porque no es la primera vez que lo hace. Le gusta sentirse inventada, deseada; le gusta que su hombre se rompa la cara por ella (y a veces lo hace). Por eso, todo lo que viene a continuación es un teatro que el chico hace en honor a la chica; también la chica está haciendo teatro cuando le pide que lo deje, que se vayan, porque en realidad lo que quiere es que él monte el pollo. A lo mejor cuando se ha puesto a hablar con el camarero, en su camino hacia la puerta, le ha guiñado un ojo, como queriendo decir: “No pasa nada, esto es un paripé”. Eso explicaría por qué se reían los camareros.

En la tercera historia, el paranoico es el novio, el típico novio posesivo y celoso que, incluso sin verlo (porque queda detrás de su espalda) se obsesiona con que el cocinero está mirando a su chica; todo el mundo mira a su chica, todo el mundo desea a su chica, y lo que es peor, a la guarra de su chica le gusta que la miren y la deseen. Antes de esa primera frase que yo oigo (“¿Es este el tipo?”) ha debido de haber otras, dichas en un tono más bajo pero con el mismo tema; ella ha debido adivinar que iba a montarle el pollo, y ha decidido salir del restaurante antes de que termine de liarse. Cuando le pide que lo deje, lo que le está pidiendo es que no la avergüence, que no le monte una escena, otra más. En realidad, sabe que van a discutir, sabe que la bronca es inevitable, pero espera que por lo menos no sea pública y humillante. En esta versión, los camareros se ríen de pura sorpresa, de incredulidad, de nervios; pero la cosa no tiene ni puta gracia.

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