Deudas

Le había visto muchas veces en el barrio, era un gorrilla, o aparcacoches, llámalo como quieras, flaco, bastante mayor, aunque probablemente no tan mayor como aparenta. Con un periódico en la manos, haciendo indicaciones a coches que ni habían pedido ni necesitaban indicaciones.

Lo volví a ver en el supermercado un día, comprando un par de brics de vino. Antes de verlo, lo olí. Llevaba un jersey verde oscuro, por el que subían y bajaban unos bichitos blancos muy pequeños, pero aun así visibles a simple vista. A mi lado, una señora protestaba y se tapaba la nariz. Yo me indigné con al señora, pero aun así, de una forma más sutil y con menos aspavientos, guardaba una distancia con él, para que no se me pegasen los bichos. O el olor.

Luego me lo encontré sentado en la puerta de mi casa, pasando el rato. Me lo volví a encontrar varias veces más en el mismo sitio: le había gustado mi puerta, ahí podía sentarse en el bordillo y calentarse al sol. Un tarde, cuando volvía a casa del trabajo, me pidió dinero, algo para comer, un cigarrillo, no sé, la verdad es que no le entendí. Como no le entendía, y como tenía prisa por alejarme de él (¡los bichitos blancos de su jersey!) le di cinco euros y corrí a abrir la puerta, solo que la puerta, como en las películas de terror, tardó en abrirse: la llave no terminaba de girar en la cerradura.

Tres días después de eso, tocaron al timbre. Como el telefonillo está estropeado y no podemos oír quién llama, abrí y salí al descansillo a mirar. Era él. Decía algo, tampoco esta vez lo entendía. Dio un paso y entró en el portal. Le grité: ¡no subas! No quería gritar, la verdad es que no quería gritar, pero me salió la voz más alta y más asustada de lo que esperaba.

Levantó la mano para enseñarme un papel, podía ser un billete de cinco euros pero no conseguía verlo desde aquí. ¡En el buzón!, le grité, ¡mételo en el buzón! ¡Tercer piso! Parecía que no me entendía, seguía allí con la mano levantada, diciendo algo en un tono demasiado bajo como para que yo le oyese. Le repetí: ¡En el buzón, tercer piso! Ahora sí me entendió: se acercó a los buzones, los palpó como si estuviera leyendo en braille, y metió el papel en mi buzón.

Le di las gracias y cerré la puerta sin esperar a ver si se iba o no. Me lo imaginaba subiendo por las escaleras y me entraban temblores, y me entraba una vergüenza terrible porque me entraran temblores, pero el miedo era más grande que la vergüenza.

Unos minutos más tarde volví a salir al descansillo, la puerta del portal estaba cerrada, bajé las escaleras y abrí el buzón para ver qué es lo que me había dejado allí, si eran los cinco euros. No eran: era uno de esos papeles de publicidad que reparten a la entrada del metro. ADIVINADOR MÍSTICO MALAKO Y CURANDERO. Soluciona todos tus problemas de trabajo salud familia mal de ojo deudas.

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