Gas

El gas se nos solía acabar alrededor del día 20 de cada mes, algo antes en invierno, algo más tarde en verano, y como no teníamos dinero para comprar otra bombona, durante el resto del mes nos tocaba ducharnos con agua fría, comer comida fría, pasar frío por las noches. Estábamos tan acostumbrados al frío que lo veíamos como algo normal; nos apretábamos los unos contra los otros y pensábamos que todas las familias debían pasar por lo mismo: dios, en su inmensa sabiduría, había hecho el mundo para ser cálido y acogedor la mitad del tiempo, y una puta mierda la otra mitad. Incluso sin gas, mi madre seguía el ritual purificador de poner la comida en el fogón, como si fuese el gesto y no el fuego lo que calentase la comida; aunque no hubiera ninguna diferencia, ¡ay de nosotros si comíamos los garbanzos o las alubias directamente del bote, sin pasarlos por el cazo! Era el pecado máximo, peor que comer del suelo o rebuscar en la basura (que también eran cosas que hacíamos a final de mes). Luego venía el día uno del mes siguiente (o el dos, o el tres), y a mis padres les pagaban el sueldo, y podíamos comprar gas; y esa primera ducha caliente, ese primer plato caliente de comida en la mesa, compensaba por todo. Papá se daba entonces unas duchas larguísimas que dejaban el baño lleno de vapor y los cristales y las ventanas empañados. Todos pensábamos que esas duchas nos estaban costando dos o tres comidas frías al final del mes, pero nadie decía nada, porque papá era papá, y todos le queríamos mucho.

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