El hombre menguante que oye, increíble no diré que sea pero curioso sí que es, ¿no?, que un hombre mengüe, digo

Un buen día un hombre que no se llamaba Gregorio empezó a hacerse más pequeno (no se sabe la causa, pero la culpa probablemente sea de los videojuegos violentos o de Marilyn Manson). Lo notó por pequeñas cosas, no pun intended, como que no llegaba a alcanzar la última balda del armario en la que guardaba las revistas porno, o que en la mesa el plato le quedaba demasiado alto y se golpeaba con la cuchara en la nariz al intentar comer. Además de menguante era un poco torpe, y de eso no tienen la culpa ni los videojuegos violentos ni Marilyn Manson.

El hombre menguante, antes de empezar a menguar, era lo que se suele llamar un buen mozo, de espaldas anchas, columna recta y culo duro. Cuando empezó a menguar estaba en la cumbre de toda su buena fortuna; era un hombre blanco occidental de clase media, salario fijo con bonificaciones y proyecto de formar una familia de bien, liberal en lo económico, conservador en lo moral, un buen hombre en definitiva.

Menguar tenía su gracia al principio, porque le daba tema de conversación en casi cualquier circunstancias, pero también tiene inconvenientes: la ropa se le quedaba grande todo el rato, los muebles y todos sus utensilios se le hacían inútiles como las de un gigante y nadie le concedía una hipoteca, porque qué clase de responsabilidad puede tener alguien que no puede conservar ni su propio tamaño.

De hecho este hombre menguante, que oye, increíble no diré que sea pero curioso sí que es, ¿no?, que un hombre mengüe, digo, este hombre se quedó sin trabajo, no solo porque sus manos fuera al cabo de un tiempo demasiado pequeñas para teclear en el ordenador o coger un bolígrafo, sino porque una vez reducido a un tamaño de un metro y diez centímetros los clientes empezaron a tratarlo como a un niño, y con un niño no se firman contratos de varios millones de euros.

“Si hubiera tenido siempre este tamaño -se decía el hombre menguante- la gente ya me conocería así y me respetarían. Pero este menguar constantemente, que de una semana para otra he perdido cinco centímetros, los desconcierta, les hace sentir incómodos, no me reconocen y no saben si yo, con metro cinco, soy el mismo que yo, con metro sesenta y cinco. Yo mismo ya no sé si soy yo, ni si tengo el tamaño que tengo, la edad que tengo, si mi vida es mía”.

Su novia tampoco lo llevaba muy bien: hasta que el hombre no bajó del metro de altura le prometió cariño y apoyo eternos; cuando llegó a los ochenta y cinco centímetros le dijo “hasta aquí hemos llegado”, cogió sus cosas y se fue con sus padres, a los que el hombre menguante no les gustaba ni en su tamaño natural. (Hay que tener en cuenta que a un hombre menguante le mengua todo, y quiero decir todo, todo).

El hombre menguante fue Trending Topic un día de mayo en que no había mucho más en la tele. Luego la gente le olvidó porque internet tiene poca memoria.

Era una soledad tremenda la del hombre menguante, rodeado de muebles gigantescos como un hobbit de Peter Jackson y dedicado a pasar el tiempo mirándose a sí mismo en el espejo pensando cuándo sería demasiado pequeño para llegar a verse en el espejo. Sus amigos querían ayudarle pero tampoco conseguían tomárselo demasiado en serio, porque un hombre adulto de medio metro vestido con ropas de niño parece ser más propio de un cuadro de Velázquez de una tragedia griega.

Los médicos a los que acudía estaban desconcertados, no tanto por la mengua en sí (que había admitido como algo inevitable y no se cuestionaban demasiado) sino por el hecho de que el hombre menguante siguiera vivo, con pulmones cada vez más pequeños, un corazón cada vez más pequeño, venas y huesos cada vez más finos y un cerebro que era ya del tamaño del de un castor pero seguía permitiéndole hablar, razonar y saludar a los vecinos en la escalera.

Con no demasiado tacto, uno de sus médicos le pidió permiso para diseccionarlo una vez que se muriera, si es que cuando se muriera todavía quedaba suficiente materia como para diseccionarla. Eso obligaba a una cierta urgencia en la llegada de la muerte, y en los ojos del doctor había el brillo de quien creía haber encontrado su camino a la fama y el prestigio profesionales. Por si acaso, el hombre menguante cambió a otro médico diferente.

Pero el hombre no se moría y seguía haciéndose cada vez más pequeño. A estas alturas dormía en una cama de juguete hecha para muñecas, y se vestía con la ropa de Ken Malibú, lo que hacía que su figura fuera más grotesca porque en su ciudad no había playa.

Y seguía haciéndose cada vez más pequeño: como un gato, como un ratón, como un mosquito, como un virus. Cuando se hizo del tamaño de un átomo por primera vez se preguntó cómo era posible todo aquello, qué había hecho para merecerlo, si es que las cosas en esta vida se merecen, o si esto de menguar era el destino que les esperaba a partir de ahora a todos los seres humanos de cualquier condición y origen.

Y siguió haciéndose aún más pequeño y se vio rodeado de una sopa de vacío en la que ni el tiempo parecía existir, y ya no conseguía ver sus propias manos aunque sí sentía que seguían siendo demasiado grandes para sus brazos, “manos de pianista” le decía su madre de niño.

De pronto vio cómo se le acercaba un hombrecillo que a él le pareció diminuto (aunque solo debía ser ligeramente más pequeño que él, o sea, del tamaño de un quark no demasiado panzudo). Le pareció que ya había visto esa cara antes aunque no sabía dónde. “Estábamos esperándote”, le dijo el hombrecito con una voz chillona pero no del todo antipática, “¿por qué has tardado tanto?”

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