Cuando esto acabe

En los años de la universidad tenía un amigo que solía decir “cuando esto acabe” casi en cualquier situación, como otras personas dicen “bueno”, “a ver” o “mh”. Era su muletilla. Si pasaba algo inesperado o sorprendente, se quedaba pensativo y decía: “cuando esto acabe…”; si le pasaba alguna desgracia, decía: “cuando esto acabe…”; si le daban una buena noticia se le ponía una sonrisa en la cara y decía: “cuando esto acabe…”

Lo que nunca acababa era la frase. ¿Qué iba a pasar “cuando esto acabase”? ¿Qué era ese “esto” que tenía que acabar? ¿Por qué tenía que acabar?

Un día me decidí y se lo pregunté, le pregunté por qué decía constantemente esa frase, y qué quería decir.

-Pues no lo sé, la verdad. Era algo que decía mi padre. Lo decía todo el rato, y a mí se me pegó. Hasta el último día lo estuvo diciendo, la última vez que le vi todavía seguía diciendo “cuando esto acabe”… y por una vez me pareció que tenía sentido. Yo al principio pensaba que se referiría a la guerra, pero no, porque mi padre nació en el cuarenta y… tal.

-A lo mejor él también se lo oyó a su padre -sugerí.

-Pues a lo mejor -me contestó, pero por su cara y por la forma en la que movía la cabeza vi que estaba pensando: “qué cosas se os ocurren a los escritores”.

Hace poco me lo volví a encontrar por Bilbao. Estaba más gordo y más barbudo (como yo) pero seguía siendo el mismo. Le vi, me vio, hubo esos cinco o seis segundos en los que los dos intentamos ubicarnos mutuamente y ponerle un nombre a nuestras caras; luego nos saludamos con un abrazo.

-¡Hombre, qué tal! -le dije yo, o algo parecido.

-Pues muy bien, ¿y tú? -me contestó, o algo parecido.

-Yo también bien, en Lisboa -le dije. Blablabla.- ¿Y tú qué te cuentas?

-¡Pues yo me he casado! ¡Y tengo un hijo!

-¡Jodé, un hijo ya! ¡Enhorabuena!

-Se llama Julen, muy majo, muy bueno -me siguió explicando, con orgullo. Blablabla.

Se hizo luego un silencio, que quería decir que ya no teníamos nada más que decirnos. Y entonces mi amigo empezó a decir: “Cuando esto…” Pero se interrumpió, se mordió el labio y me sonrió. Yo también le sonreí. Y como efectivamente ya no teníamos nada más que decirnos, nos despedimos hasta la próxima.

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