Léxico familiar

Todas las familias crean un vocabulario propio, como sabía Natalia Ginzburg. En la mía, por ejemplo, hablar de los “cuadernos Rubio” no era solo hablar de esos cuadernillos amarillos de problemas de matemáticas (si tienes tres manzanas y dos peras, y un tren sale en dirección contraria a la misma hora, ¿cuántos metros de valla necesitas para cercar todo el terreno?); significaba (y significa) también hablar de mi despiste y mi mala memoria.

(Hoy he recibido un email que me ha hecho saber que la editorial Rubio todavía existe, y eso ha sido la madalena)

Lo que solía pasar (pasó varias veces, no sé cuántas) es que la profesora nos mandaba comprar un nuevo cuaderno Rubio de matemáticas para tal día y a mí se me olvidaba decírselo a mis padres, y solo volvía a recordarlo, por algún motivo, en pleno fin de semana, cuando las librerías y papelerías del barrio estaban cerradas o a punto de cerrar. Así que a mi padre le tocaba salir a todo correr a buscar el cuaderno Rubio número 28B, y muchas veces lo encontraba, lo que visto con distancia no deja de ser casi un milagro.

La verdad es que de niño era más despistado que ahora, creo que en eso he ganado con los años. Recuerdo otra vez que la profesora nos mandó forrar de plástico la carpeta, y a mí también se me iba olvidando. El primer día la profesora preguntó: “¿cuántos no habéis forrado todavía la carpeta?” Y levantamos la mano, no sé, quince. Al día siguiente volvió a preguntar: “¿quién no ha forrado la carpeta todavía, que levante la mano?” Y la levantamos, no sé, cinco. Y al día siguiente: “El que todavía no haya forrado la carpeta, que se ponga de pie”. Y solo yo me levanté.

Para otras cosas solía tener buena memoria, por eso se me daba bien estudiar. Pero había algunos temas, como que no. Recuerdo una vez en que no conseguía de ninguna forma aprenderme los nombres de los tres aeropuertos vascos: Bilbao – Sondica (ahora es Loiu, pero entonces era Sondica con “c”), San Sebastián – Fuenterrabía, Vitoria – Foronda. Eran palabras que para mí no significaban nada, y no conseguía ponerlas en el orden correcto. Lo mismo me pasaba con los climas y los árboles: “En el clima mediterráneo abundan las hayas, los olmos y las habichuelas”, lo mezclaba todo, qué más me daba, si no tenía ni idea de cómo era un olmo, una haya o un pino vulgar.

En cambio las matemáticas siempre se me daban bien (así que deberían haberme gustado mucho los cuadernos Rubio). Solo que a veces me confiaba demasiado. Hubo una vez que, con la cosa de terminar el primero, entregar el examen y salir al patio a jugar, no repasé bien las cuentas y saqué un 4. Cuando me dieron la nota me eché a llorar. Era lo que habitualmente se conoce como un empollón (si no como cosas peores) pero a pesar de eso tuve una infancia feliz, y mis recuerdos del colegio son casi todos alegres.

Menos por los cuadernos Rubio, que todavía hoy me persiguen.

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