Un pacto

Ayer cuando estaba intentando dormirme empezó a rondarme un mosquito. Oí el zumbido, lo notaba (o creía notarlo, que esa es otra) posándose en mi brazo o en mi frente con malas intenciones. Lo asustaba con un manotazo ciego, y poco después ahí volvía a estar, zummmmmmmbando a mi alrededor.

Me levanté a encender la luz (yo también, com malas intenciones) pero de repente había desaparecido: no podía verlo, oírlo, sentirlo. Volví a apagar la luz y meterme en la cama e inmediatamente ahí estaba otra vez, el cabrón del mosquito. Salté otra vez de la cama a todo correr, encendí la luz, nada.

(No pudieron pasar más de dos segundos desde que me levanté de la cama hasta que encendí la luz; a lo mejor ni siquiera uno. Y el mosquito ya no estaba. En ningún sitio. Había abierto un portal a otra dimensión y se había metido por él. Había algo diabólico en ese mosquito, en todos los mosquitos. ¿Cómo sabe un mosquito que me estoy levantando, que voy a encender la luz, que voy a coger la zapatilla y espachurrarlo contra la pared? No puede saberlo; si realmente es solo un mosquito, no puede saberlo. Tiene que ser algo más. Tiene que haber algo sobrenatural en él).

No sé cuántas veces repetimos el numerito, yo levantándome, cogiendo la zapatilla, él escondiéndose en los pliegues del universo (o de mis sábanas). Yo me quedaba de pie, totalmente quieto, creyendo ser la inteligencia superior (ingenuo yo): creyendo poder engañarle. Pero el mosquito sabía, porque el mosquito lo sabe todo, hsata mis pecados más inconfesables, y a lo mejor ha sido enviado para castigarme por ellos.

Cansado, aburrido, deprimido, considerando seriamente saltar por la ventana, por fin decido intentar una aproximación diferente a mi conflicto con el mosquito. “Hermano mosquito”, le dije, y lo digo en voz alta porque afortunadamente estoy solo en casa, si no todo esto sería muy difícil de explicar. “Hermano mosquito, te propongo un pacto: tú te vas a tomar por culo y me dejas dormir, y yo no te mato de un zapatillazo”.

Después de eso se hizo un silencio que era difícil de interpretar, porque los silencios de un mosquito son insondables. Apagué la luz y volví a meterme en la cama (aunque sin soltar la zapatilla). Escuché: nada. Seguí escuchando: nada. Poco a poco mis nervios se fueron relajando, mis músculos se fueron relajando, la zapatilla se me cayó de la mano y me quedé dormido. Toda la noche soñé con cosas bonitas y algunas las escribí al despertarme.

(Pero sé sin ningún género de duda que el día que me muera habrá un mosquito, por lo menos uno, que venga a hacerse cargo de mi alma. O cosas peores.)

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