Mars Invaders

No se sabe (yo por lo menos no lo sé) si ya estaban allí desde el principio, si aparecieron, si vinieron de otra parte. Estaban. Empezaron a disparar sus rayos contra nuestros edificios, que caían hechos astillas. La gente se resignaba: “No se puede hacer nada, son más, son mejores, hay que asumirlo”. Nos escondíamos en casas, en hospitales, en iglesias, esperando que nada les llamase la atención (apagábamos las luces cuando oíamos el zumbido de sus naves). Comíamos lo que había.

La verdad es que intentábamos hacer vida normal dentro de lo posible. Yo mismo estaba esperando que me comunicaran el resultado de una entrevista de trabajo en Inglaterra, y me preguntaba: ¿serán los marcianos lo bastante civilizados como para tener universidades? ¿Tendrán algún interés en la literatura española del siglo XIX?

No había ningún tipo de respuesta: no había pasado ni una semana y los marcianos se habían convertido en un elemento natural más, como los terremotos o los ciclones. “Los marcianos se han cargado la Catedral”, como quien dice: “Hace viento, abrígate”. Después de cada explosión se sentía en el aire un olor sucio, como cuando llueve sobre el asfalto después de mucho tiempo.

Se esperaría una ola de rebelión que recorriese el mundo, pero en realidad la mayoría de la gente estaba ya demasiado acostumbrada a cambiar de mano como la falsa moneda. Un amo u otro, “No se puede hacer nada”.

Yo tenía otra cosa en la cabeza: había una chica que me gustaba y no sabía si yo le gustaba a ella. Me preocupaba también no haber visto nunca un marciano: ¿y si los marcianos eran seres etéreos y angélicos y mi chica se enamoraba de ellos? ¿Y si los marcianos eran seres lascivos e hiperdotados y se enamoraban de mi chica?

El amor todo lo puede; el amor todo lo salva; sin amor no somos más que una cáscara vacía. (Pero cuando los marcianos convirtieron mi casa en astillas mis prioridades se tambalearon un poco).

Nos costó algunos meses hacernos a la idea de que la civilización occidental había llegado definitivamente a su fin. Ahora venía otra cosa. Los marcianos seguían disparando sus rayos contra nuestros edificios aleatoriamente, y a mí no me llegaba la respuesta de la universidad inglesa. Al fin y al cabo, no hay nada que se pueda hacer.

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