¡Todo mentira!

En nuestra primera (y única) casa en Lisboa, Alicia y yo teníamos como vecino a un señor mayor que casi nunca salía de casa: el señor Augusto. Había sido -de eso nos enteramos después- marino, había ido a la guerra colonial, había vuelto como tantos otros lleno de heridas por dentro y por fuera.

La guerra, o a lo mejor la vida en general, le había dejado también otra idiosincrasia muy particular, y algo incómoda para nosotros sus vecinos: todas las noches, a la hora del Telejornal, le oíamos gritar: “¡Todo mentira! ¡Todo mentira! ¡Es todo mentira!” Al principio del telediario lo decía bastante bajo, y como el volumen de la televisión lo ponía bastante alto, casi no se le oía; pero a medida que pasaban los minutos iba gritando más y más, y al cabo de media hora estaba ya dando unos alaridos que lo raro es que nadie llamara a la policía.

Y daba igual de lo que estuvieran hablando en el telediario: no hacía falta que fueran noticias políticas o especialmente polémicas. Podían estar pasando un reportaje sobre el éxito internacional de la cerámica de Coimbra, y el señor Augusto seguía gritando: “¡Es todo mentira! ¡Todo mentira!”.

Una vez nos encontramos en la escalera con la hija del señor Augusto, y le preguntamos por el asunto. Nos dijo que estaban preocupados por él, que siempre había sido un poco cascarrabias pero que últimamente estaba mucho peor. Que le daban ataques de rabia, que tenían miedo de que algún día le diese un ataque al corazón. Nos pidió por favor, si no nos importaba, que estuviéramos un poco atentos a él, y eso hicimos: a partir de entonces cogimos la costumbre de tocarle el timbre cuando íbamos a las compras, a ver si necesitaba algo.

Alicia incluso se animó a invitarle a cenar una vez, pero Augusto dijo que no. “Obrigado, menina”, le contestó, “pero tengo que ver el Telejornal”. “Pero señor Augusto”, insistió Alicia con esa delicadeza tan suya, “si se pone de tan mal humor, ¿para qué lo ve?” “Ó menina, y si no lo veo, ¿cómo me voy a enterar de lo que pasa en el mundo?”.

Cuando Alicia y yo nos separamos y dejamos la casa, pasamos a despedirnos del señor Augusto; no pareció demasiado triste por nuestra marcha, aunque puede que sí lo estuviese y no quisiera demostrarlo.

Tiempo después me encontré otra vez con la hija del señor Augusto en el Pingo Doce de Graça, y le pregunté por él. Me dijo que se había muerto, pero no de un ataque al corazón como todos nos temíamos: le atropelló un autobús.

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