Régimen radical

Los que me veis ahora tan esbelto, atlético y musculado no podréis seguramente imaginar que hace no tanto tiempo yo pesaba 450 Kg. Era tan grande que no entraba por ninguna puerta: tuvieron que construir una casa a mi alrededor con paredes que se levantaban para dejarme salir. En los aviones no es que tuviera que comprar dos asientos: es que ataban otro avión a la cola del avión principal para que me llevase; a veces los objetos se caían a mi alrededor y creo que era porque los atraía con mi gravedad. Una vez quisieron hacerme una entrevista para la televisión, pero decidieron que mejor no, porque no cabía en la pantalla.

No es que comiera más que cualquier mortal: es que comía tanto como todos los demás mortales juntos, y además me movía menos que cualquiera de ellos. Podría decirse que el único esfuerzo físico que hacía durante el día era masticar.

Parecerá mentira ahora, para quien vea mis fotografías de aquella época (porque, tengo que decir, ya por aquel entonces era coqueto y me gustaba que me fotografiasen) que dentro de aquel volumen de existencia humana estuviera este cuerpo esbelto, atlético y musculado que ahora me conforma, como el caballo estaba dentro del bloque de mármol del escultor. Pero era así: solo hacía falta sacarlo a la superficie, eliminando todo lo superfluo.

La caída del caballo (el del escultor no, el otro) me la produjo un anuncio de una revista: un hombre esbelto, atlético y musculado con un pecho húmedo y depilado aparecía rodeado de jóvenes envueltas en gasas blancas que enseñaban más de lo que escondían. Había un coche o un diamante o una televisión, no sé. Aquello era el éxito, aquello era la felicidad, aquello era lo que yo quería ser.

Y para ser eso, lo primero que tenía que hacer era volverme esbelto, atlético y musculado.

Dejé el pan y perdí los primeros 100 Kg; dejé de ponerle bacon a todo, incluso al café con leche, y perdí otros 50. Dejé la bollería industrial (25), la bollería de pastelería (10) y la bollería casera (5). Me costó dejar el queso, pero a cambio perdí otros 75 Kg. Así, sumando, sumando, en un par de meses estaba cerca de mi peso ideal según los especialistas de la revista Just For Slender, Athletic and Muscled Men. El último kilo fue el que más me costó perder: para eso tuve que dejar el chocolate, los embutidos, la leche entera, los huevos, la carne roja, la carne blanca, la carne azul, el salmón, el aceite de oliva, el aceite de girasol, el aceite de palma, el aceite de motor, las gominolas, las patatas, las batatas, las matatas, el alcohol, el tabaco, el sexo, las drogas, el rock & roll.

Valió la pena: al final de la dieta, pesaba 17,5 Kg.

Pero la lucha no era fácil: cualquier tentación era capaz de hacerme caer de nuevo en el infierno de la obesidad y la flatulencia (dos infiernos que en mi mente estaban íntimamente relacionados). Una vez olí un tarro de nocilla y engordé 300 gramos; me pasé 72 horas seguidas encima de la bicicleta estática para quemarlos, pero en cuanto terminé y salí la calle para celebrarlo alguien pasó por delante de mí con un pan con chorizo, y engordé otros 500 gramos.

El tiempo que antes pasaba tirado en casa, ocupando un espacio amorfo en el centro del salón, ahora lo pasaba ejercitándome, corriendo, saltando a la comba o haciendo flexiones o abdominales; antes no tenía amigos porque estaba gordo como un ballenato; ahora que era esbelto, atlético y musculado, es decir, exitoso, no los tenía porque no los quería tener.

Descubrí también que ahora que estaba delgado había desarrollado un odio innato a los gordos -un odio innato que hasta hace dos días no estaba allí-. Era capaz de oler la grasa corporal en el cuerpo de los otros; tenía el superpoder de calcular espontáneamente el peso de cada persona que veía, con un margen de error de 47 gramos, y si ese peso era incluso mínimamente superior al peso ideal según altura y complexión, surgía en mí un desprecio profundo que irradiaba por todo mi ser y que salía al exterior en forma de insultos: “¡Gordo, vago, comehamburguesas, nocillómano, cerdo!” (o sus variantes femeninas si se trataba de una mujer, claro).

Este violencia verbal dificultaba un tanto mi éxito, o mejor dicho el reconocimiento de mi éxito por parte de los demás (porque la felicidad es un estado del alma, pero también un estado del facebook). A pesar de ser esbelto, atlético y musculado, me sentía deprimido. Dejé el ejercicio y volví a comer sin medida y sin babero. Recuperé el queso, el bacon, el aceite, el pan, el azúcar, la bolería de todo tipo, la nocilla a cucharadas y la nocilla extendida en pan, la carne blanca, la carne roja y la carne azul. Dejé de leer revistas que meten ideas extrañas en las cabezas de la gente. Me comí mi bicicleta estática.

Los que me veis ahora que peso 450 Kg no podréis seguramente imaginar que hace no tanto tiempo yo era esbelto, atlético y musculado .

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