Todo tiempo pesado (II, 12): La espada en el aire

En el capítulo anterior: Miren no puede estarse quieta.

A medida que pasan los capítulos y se acerca el final de la segunda temporada, me pregunto si estoy siendo justo con Miren, y si estoy consiguiendo reflejarla tal y como ella es, en toda su grandeza y en toda su contradicción. “Miren es una pedorra”, me dice una lectora, “Miren es una moñas”, me dice esa misma lectora unos capítulos más tarde, y no sé si esto es un éxito o un fracaso por mi parte: de hecho Miren es una persona, y como tal puede ser a veces una pedorra prepotente convencida de su superioridad moral sobre el resto de lemmings que viven a su alrededor, y al mismo tiempo ponerse triste y vulnerable y volverse moñas y pedirme que la abrace y que le acaricie el pelo y que le dé un beso antes de dormir.

Miren es dura, pero no es indestructible.

Me pregunto si estoy consiguiendo contar las oscilaciones de una relación, y en especial de una relación a distancia. No cabe duda de que al principio yo estaba más implicado en la relación que Miren: era yo el que insistía, el que pedía, el que necesitaba. Pero con el paso del tiempo yo me adapté a la distancia mejor que Miren; diría incluso que la distancia empezó a hacérseme cómoda porque me daba al mismo tiempo seguridad emocional e independencia. Y sexo fogoso y ocasional.

Curiosamente, me cuesta mucho menos escribir sobre la Miren joven, la de hace diez años, porque esa Miren ya no existe, está lejana en el tiempo, es una historia cerrada y que ya puedo narrar, porque sé cómo termina; le he dado un sentido en mi memoria (lo que no quiere decir que ese sentido sea el correcto, si es que existe un sentido correcto para las cosas que nos pasan en la vida). En cambio, la Miren actual, la Miren con la que estoy saliendo ahora y a la que le pasan estas cosas que cuento, no sé qué va a ser en mi vida dentro de tres meses, seis meses, veinte años. ¿Será la madre de mis hijos o una loca con la que espero no volver a encontrarme nunca porque me clavó un tenedor en el ojo a modo de despedida?

Por eso, cuando Miren me dijo que quería irse a Barcelona (en ese punto estábamos) me resultó difícil procesar esa información y encajarla no solo en el contexto de nuestra relación, sino también en la forma de pensar de Miren. A lo mejor solo soy yo: me cuesta generalizar incluso dentro de la vida de una misma persona.

Había muchos interrogantes en el aire: ¿estaba Miren siendo egoísta al pensar en irse a Barcelona, añadiendo distancia a la distancia? ¿Estaría siendo yo egoísta si le decía que era una egoísta? ¿Se iba a Barcelona para encontrarse a sí misma, o para huir de sí misma? ¿Estaba siendo dura o frágil; pedorra o moñas? ¿Iba a suponer el final de nuestra relación, o solo un nuevo ciclo?

La respuesta que yo diera a estas preguntas, claro, condicionaba la forma en la que iba a contar todo lo que contase a partir de ese momento; quizás condiciona ya, de hecho, retrospectivamente, todo lo que ya he contado sobre Miren. ¿Soy fiable cuando hablo de Miren? ¿Podría dar a Miren más voz en estos textos, hacer que pase de objeto a sujeto? ¿Sería este culebrón muy diferente si copiase aquí las cartas o, mejor, los emails que Miren me escribía -debidamente corregida su ortografía y su puntuación para no hacer daño a los ojos de ciertos lectores-?

Cuando Miren dijo que se iba a Barcelona, hizo temblar el sentido de todas mis narraciones sobre ella. (No es fácil mantener una relación con el gato de Schrödinger, y no solo porque araña).

Lo que estaba claro es que con esta noticia la segunda temporada del culebrón se estaba acercando a su fin.

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