La piedra

Una noche estaba volviendo a casa por una calle lateral, poco transitada y por la que de hecho casi nunca paso, cuando me llamó la atención un agujero en medio de la acera. No era propiamente un agujero: simplemente la calzada portuguesa se había levantado y algunos adoquines se habian salido de su sitio, dejando ver la playa que había debajo.

Y en realidad yo no miraba el agujero, sino los adoquines, las piedras casi cuadradas en la parte superior e irregulares por abajo, como dientes clavados en la tierra. Me agaché a coger uno: pesaba más de lo que parecía posible que pesase. Lo apreté en la mano, pero los dedos no me llegaban para abarcarlo todo.

De inmediato noté cómo se me transmitía, de una forma que no sabía explicar, alguna de las cualidades primitivas de la piedra, a través de los dedos, de la mano, del brazo. Estaba conectándome a algo muy primario y no demasiado hermoso que luchaba por salir a la superficie a través de mí.

Miré a mi alrededor y me llamaron la atención varias ventanas con las luces encendidas. ¿Qué me costaba coger la piedra y lanzarla con todas mis fuerzas contra una de esas ventanas? La calle estaba vacía, oscura, silenciosa; podría después meterme por un callejón y sería imposible que nadie me reconociese, ni que me encontrasen para cobrarme el cristal o romperme la cabeza a bastonazos.

Si me resisto a lanzar la piedra demostraré mi humanidad; si la lanzo demostraré que pertenezco a otro orden de cosas más antiguo y más oscuro. Siento cómo el brazo se me va cargando, sin que sea yo lo decide: cómo se tensan los músculos, cómo se agarrotan los dedos, cómo el hombro empieza el giro hacia atrás que presagia el lanzamiento.

De lo que sea que fuera a pasar me salva la aparición, allí a lo lejos, de un perro gris que viene correteando por la calle. El brazo vuelve a relajarse, ha pasado el momento, la piedra vuelve a ser una piedra.

Y sin embargo, inmediatamente se produce el recorrido contrario: me viene a la mente la imagen del adoquín incrustado (otra vez: como un diente) en la cabeza machacada del perro. Si romper un cristal me separa de lo humano, matar sin mayor motivo un perro a pedradas me hunde en la brutalidad absoluta, en la ciénaga de lo que no es la civilización ni nunca podrá llegar a serlo.

Me salvan de esta pérdida de mí mismo dos cosas: el miedo (a fallar, a la vergüenza, a la reacción del perro si como imagino no lo mato sino que lo hiero o ni si quiera llego a rozarlo) y la comprensión, que viene de la última parte consciente que todavía estaba despierta, de que donde hay un perro en una calle oscura en una ciudad, suele haber también el amo de ese perro en esa misma calle oscura de esa misma ciudad.

La influencia de la piedra sobre mí cede definitivamente; encojo los hombros y así acurrucado sobre mí mismo camino el resto del camino hasta casa. Para poder sacar la llave del bolsillo dejo caer el adoquín, y lo empujo con un pie hacia la pared para que nadie se tropiece con él.

Cuando llego a casa ya he recuperado la cultura, la civilización, la ética, y me voy a la cama a leer un ensayo de Voltaire.

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