Todo tiempo pesado (II, 11): Lo que no se mueve, se muere

En el capítulo anterior: Miren deja su trabajo.

Cuando pienso en la Miren de los veinte años, la de nuestra primera relación, siempre me la imagino moviéndose: andando, corriendo, saltando, follando, quemando un cajero, pintando un graffiti. En mi memoria no hay fotos de aquella Miren, solo vídeos. Parecía un juguete al que nunca se le acababa la cuerda: alguien que la conociera peor que yo podría haber pensado que se metía coca o algo así, pero yo sabía que no, que era pura energía, pura juventud. Parecía que no podía estarse quieta un momento, y que si se paraba se iba a morir, como un pez que no puede dejar de moverse hacia delante o un avión que apaga los motores en pleno vuelo.

La Miren de ahora, la de los treinta años, no era ya la misma, claro, ya no tenía la misma fogosidad (auto)destructiva, y en nuestra relación presente habíamos pasado largos momentos de calma tirados en el sofá o en la cama o sentados en bares y cafeterías, hablando, leyendo o simplemente observando a la gente.

Y sin embargo, cuando Miren dejó su trabajo y se quedó en paro, descubrí que había algo esencial en ella que seguía siendo cierto: Miren necesitaba actividad constante, novedades, iniciativas; si no, entraba en un proceso de caída, otra vez, como un avión que apaga los motores en pleno vuelo.

Los primeros días fueron tranquilos. Fueron, en realidad, como unas vacaciones. Yo aproveché que había un día festivo en Lisboa y me fui a Bilbao para un fin de semana largo, que pasamos haciendo cosas de enamorados, o mejor, cosas de ancianos: tomar cafés, ir al cine, dar vueltas por el parque, dormir. Era un proceso de descompresión necesario, después de haber pasado varios años en esa especie de submarino de titanio que es el Guggenheim.

Pero luego yo me volví a Lisboa, Miren volvió a casa de sus padres en Vitoria, y pronto vi que no se estaba adaptando bien a la inactividad. “¿Qué has hecho hoy?”, le preguntaba yo cuando skypeábamos por las noches. “Nada”, me contestaba ella. “Pero cómo nada. Nada no será, algo habrás hecho”. “No, nada”. Y así, todos los días. Cuando insistía un poco más, por fin me describía alguna de sus actividades del día: “le ayudo a mi madre con la casa, voy a hacer recados para mi padre, he comprado el pan y el periódico…” Y esto venía de la misma chica que una vez había rasgado un cuadro fauvista de un artista holandés, porque “justificaba el conformismo burgués que dio lugar al imperialismo, el colonialismo y el genocidio”.

Yo la animaba a pintar; sus padres la animaban a buscar otro trabajo; ella no hacía ni una cosa ni otra. “Todavía estoy de luto”, decía, pero en realidad la impresión que daba era la de una máquina que estaba oxidándose cada vez más, y que llegaría el día en que no podría volver a ponerse en movimiento aunque quisiera.

Además, la inactividad le agriaba el carácter. Claro, el desempleo es duro, la falta de ocupación es dura, ataca a la autoestima, favorece los pensamientos negativos. No digo que Miren tuviera la culpa; pero, visto desde fuera, y con cierta perspectiva, resultaba chocante que Miren no advirtiera su propia decadencia ni hiciera nada para evitarlo.

Afortunadamente, como nuestra relación estaba en un buen momento desde la reconciliación post-parisina, Miren no cargaba contra mí sus malos humos. Yo, por mi parte, oscilaba entre el novio perfecto que escucha las quejas de su novia y da consuelo cuando es consuelo lo que se pide y cuando no se queda calladito; y el novio egoísta que está harto de escuchar las quejas de su novia y solo quiere pasar una tarde tranquila y divertida por una vez. No estoy orgulloso de estas oscilaciones, pero tampoco voy a flagelarme por ellas: solo soy humano.

La situación también nos afectaba como pareja en otro sentido: como estaba en paro, y como el paro que le daban era una miseria y sus ahorros no demasiados, Miren se puso en modo ahorrativo. Eso significaba no venir a verme a Lisboa, sino que tuviera que ir yo a Bilbao (o mejor dicho, a Vitoria) todas las veces, y significaba también que los planes que podíamos hacer juntos se reducían mucho: nada de cenar fuera, nada de cine o teatro, cafés y cervezas los justos y estirando al máximo el tiempo que pasábamos en la cafetería o en el bar… En fin, que nos pasábamos la mayor parte del tiempo en casa de sus padres, lo que también era bastante limitador en otros aspectos, porque el dormitorio de Miren estaba justo al lado del de sus padres, y el padre podía estar sordo, pero la madre tenía un oído de tísico, como se decía cuando todavía había tísicos.

Por fin, la crisis hizo crisis a finales de marzo. Yo estaba en una reunión para organizar un congreso, y cuando terminó y miré el móvil tenía tres llamadas perdidas de Miren, dos de su madre y varios mensajes de cada una de ellas. Al parecer había habido una bronca terrible, no me enteré muy bien sobre qué, y al final Miren se había largado dando un portazo y no sabían adónde había ido (lo que en sí no sería preocupante, tratándose de una mujer de treinta y tantos años, si no fuera porque era la primera vez que Miren salía a la calle en más de una semana).

Por fin conseguí hablar con Miren, que estaba rabiosa (no se me ocurre otra forma mejor de describirla). En cualquier caso, Miren rabiosa era un estado más deseable que Miren deprimida, así que no hice demasiado para calmarla. Me volvió a contar lo que ya me había intentado contar en los mensajes, y volví a no enterarme demasiado bien. Había habido gritos, acusaciones, algunas lágrimas, se habían reavivado viejas discusiones y se había vuelto a los mismos traumas de toda la vida, que existen en todas las familias que se precien.

El resultado era que Miren estaba furiosa, y que ya no había vuelta atrás al mundo de la pasividad y la autocompasión.

-Ya no puedo más, Santi -decía Miren-, ya no puedo más. Yo me largo -decía-, me largo. Me largo. Ya no puedo más.

-¿Pero adónde vas a ir? ¿Te vas a venir aquí conmigo? -le contestaba yo, con tanta esperanza como miedo.

-No, a Barcelona. Me voy a ir a Barcelona.

-¿A Barcelona?

-Sí.

-¿Barcelona?

-…

-¿¿¿Barcelona???

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