Todo tiempo pesado (II, 10): Miren deja el trabajo

En el capítulo anterior: Santi le manda un mensaje muy desagradable a Miren.

Y por fin Miren dejó su trabajo, o mejor dicho, le hicieron dejar su trabajo, o mejor dicho todavía, Miren hizo que le hicieran dejar su trabajo. Yo no estaba allí, así que no puedo contar de primera mano lo que pasó, pero según Miren fue algo parecido a esto.

Era un lunes, lo que ya en sí es un mal principio. Miren y yo acabábamos de pasar el fin de semana juntos y habíamos hablado mucho sobre el futuro, la vida, el arte y su significado, así que Miren estaba en un estado de ánimo algo soñador y lo único que le apetecía era que le dejaran en paz un rato para pensar, para estar consigo misma y meditar sobre todas esas cosas. Cualquier trabajo mecánico, como hacer inventario o reetiquetar todos los productos de la tienda le habría servido; cualquier cosa antes que tener que atender al público.

Naturalmente, le pusieron a atender al público. Y a media tarde, cuando Miren ya estaba contando los minutos para irse a casa y olvidarse del Guggenheim y de todo lo que representaba, en el mundo del arte en general y en su vida en particular, entró una señora. Miren la describió como una puta gorda burguesa con cara de llevar veinte años sin follar, pero ya digo que yo no estaba allí así que no puedo decir si la señora llevaba veinte o quince años sin follar.

Y lo peor no es que la señora fuera gorda o burguesa (siempre, según Miren), sino que además era pesada, engreída e ignorante. Iba manoseándolo todo con la nariz muy estirada, como si oliera mal, dejando manchas de sudor en las postales, arrugando las esquinas de los pósters, desdoblando las camisetas de cualquier tamaño y diseño sin hacer el mínimo esfuerzo por volver a dejarlas dobladas.

Y entonces se acercó a Miren, y le dijo algo en una lengua extranjera que Miren supone del norte de Europa (lo que quiere decir, de Alemania para arriba). Cuando vio que Miren no le entendía, otra vez con la nariz empinada y cara de superioridad se pasó al español, un español muy correcto pero muy poco natural.

-Le pido disculpas por mi incómoda interrupción, estoy buscando regalos bonitos para llevar a la familia -dijo, o algo así.

Una cosa que Miren y yo compartimos son los problemas de acidez estomacal, y aquella mujer estimulaba la bilis más que un bocadillo de bacon con queso y pimientos picantes. A pesar de todo, Miren consiguió comportarse con profesionalidad y dedicó la siguiente media hora (“de reloj”, dice ella, “¡media hora de reloj!”) a enseñarle lápices, gomas, ceniceros y llaveros, sin que se decidiera a comprar ninguno: todo le parecía caro, feo o malo.

Por fin, pareció volver a su idea original y escogió cuatro o cinco reproducciones de tamaño medio y las puso encima del mostrador. Pero todavía no parecía decidida. Cogió una de ellas, que reproducía la famosa vaca amarilla de Franz Marc, y le preguntó a Miren:

-Perdona, joven, pero ¿no se puede conseguir este cuadro en azul?

Y ahí a Miren se le saltó la tapa; no sé cuál exactamente, pero alguna tapa.

-¿En azul? -le dijo, o dice que le dijo-. ¿Lo quieres en azul? ¿Y por qué no le pides a tu puta madre que lo pinte de azul con el coño?

Es probable que la historia esté un poco exagerada: a Miren, a pesar de su aburguesamiento paulatino, le seguía gustando dárselas de revolucionaria inflexible ante la pedantería o el clasismo. En todo caso, algo grave debió ser, porque la señora puso una reclamación (a la que lamentablemente no he tenido acceso), y Miren tuvo una discusión con su supervisor después de la cual le notificaron, de forma amable pero inflexible, que estaba despedida. (Si el despido fue consecuencia de la reclamación de la señora, o de las cosas que Miren debió decirle a su supervisor, eso ya no lo sé y probablemente nunca lo sabré).

Esa noche Miren me llamó en algo que podría calificarse como estado de shock. Se le había pasado el cabreo, por lo menos en su parte emocional (que no en la intelectual), y contaba lo que había pasado como si le hubiera pasado a otra persona, o como si no fuera a tener consecuencias y al día siguiente pudiera volver al Guggenheim como si no hubiera pasado nada.

-Así que me han despedido -decía, con un tono que parecía más bien corresponderse a una conversación de ascensor sobre el tiempo.

-¿Y tienes derecho a una compensación? ¿Al paro?

-No lo sé, no lo he preguntado. Supongo que sí, no sé, con la mierda de contrato que tenía… Casi prefiero que no me den nada, que se jodan -decía, como si no fuera ella la que estaba jodida.

-¿Y ahora qué vas a hacer? -le pregunté, por fin..

-No lo sé -me contestó-. No lo sé… -Y después de una pausa para pensarlo:- Vivir.

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