La entrevista – Cuarta variante

(Las tres primeras variantes de la entrevista, aquí, aquí y aquí)

Fue pura casualidad que la entrevista que me concedió a mí fuera la última que Guillermo Zamora concedió en su vida: yo me despedí de él a las siete, cuando ya empezaba a anochecer, y poco antes de las diez saltaba muy correctamente desde la ventana del quinto piso en que vivía, abriéndose el cráneo como un melón contra el suelo. Un hombre que pasaba por allí en ese momento paseando a su perro declaró a los periódicos que fue un salto limpio, casi elegante, como si se estuviera zambullendo en una piscina en vez de en la noche eterna.

El caso es que mi entrevista, de repente, se había convertido en un documento esencial: en el testamento vital de uno de los más importantes poetas españoles del siglo XX, así que en vez de publicarse en un suplemento cultural varias semanas más tarde, como estaba previsto, el periódico la colocó en un lugar destacado en su edición diaria. Pocas horas más tarde, se había vuelto viral en las redes sociales (todo lo viral, claro está, que puede volverse algo que tiene que ver con la poesía) y los críticos y biógrafos de Guillermo Zamora la analizaban en busca de claves secretas que permitieran explicar su muerte.

Daba igual que la entrevista fuese casi idéntica a las doscientas entrevistas anteriores que había concedido el poeta: si decía “temo que algún día me quede sin ideas”, se veía un indicio del agotamiento de su inspiración, aunque llevase diciendo lo mismo veinte años; más adelante decía que vivir era luchar contra la muerte deseando perder, había quien veía ahí prácticamente una nota de suicidio, aunque en realidad Zamora estuviese citando un verso de uno de sus primeros libros; incluso mis acotaciones, como que el escritor fumaba como un carretero, servían para concluir que había abdicado definitivamente de la vida, y daba igual que llevase desde los quince años fumando más de un paquete diario.

Indirectamente, aquella entrevista me convirtió en una celebrity cultural: mis amigos del mundillo, tan morbosos como los que no son del mundillo, me pedían que les describiese con todo detalle la hora y media que pasé con Guillermo Zamora. Al principio yo era prudente y discreto, y me limitaba a repetir lo que ya estaba escrito en la entrevista; pero luego me pudo la vanidad, y empecé a “recordar” detalles nuevos, o a dar significados nuevos a los detalles que realmente recordaba: que si tenía la mirada perdida y borrosa, que si acariciaba sus propios libros con una especie de nostalgia futura, ¿y era una lágrima eso que me parecía ver en el rabillo de su ojo cuando hablaba de la muerte?

Así que yo tuve parte de culpa, es verdad, al permitir e incluso alentar la mística de aquella última entrevista; lo que no podía prever es que se llegase a afirmar, como se afirmó, que Guillermo Zamora me había anunciado su próximo suicidio, de manera explícita y casi literal, y que yo no había hecho nada para impedirlo para ser, precisamente, la última persona en verlo con vida y en hablar con él. No sé quién fue la primera persona que insinuó eso, solo sé que cuando unas semanas más tarde acudí a la presentación de un libro de Teresa Lombardo, nadie aceptó hablar conmigo y terminaron poco menos que echándome de allí como a un apestado.

Y fue así como terminó mi carrera de crítico literario: en vista de que no había escritor que quisiera concederme una entrevista, el periódico decidió prescindir de mis servicios, y nadie más quiso contratarme. Tampoco me importó: aquel asunto me había dejado bastante mal cuerpo, y en realidad a lo que yo aspiraba era a que algún día me entrevistasen a mí, y no al revés. En cualquier caso, no me agradó demasiado enterarme hace unos días de que en el mundillo todavía se me conoce como “el asesino de Guillermo Zamora”. O igual sí me agradó, no lo sé.

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