Todo tiempo pesado (II, 9): Quitter

En el capítulo anterior: Miren y Santi se dan un descanso en París.

“Siempre lo dejas todo a la mitad”, le dice a Miren en uno de los emails más duros e injustos que he escrito nunca, escrito en un arranque de rabia nada más llegar a Lisboa. “Dejaste la carrera, dejaste la pintura, dejaste a tu familia y luego dejaste de dejar a tu familia, me dejaste a mí y ahora dejas el Guggenheim. Nunca te comprometes con nada, piensas que todo tiene que ser divertido y ligero, y a veces hay que agarrarse los machos y tirar para adelante, y tragar mierda y hacer cosas que no nos gustan. Tú te emocionas con algo y la emoción te dura seis meses y luego pasas a otra cosa y dejas a la gente tirada si hace falta. Y empiezas otra cosa y parece que ya no te acuerdas de la cosa anterior. Ya solo espero el día que me digas que me dejas a mí, y que tienes a otro en la recámara, y luego le dejarás a él y así hasta el infinito y más allá. Yo quiero seguir contigo, Miren, pero ya empiezo a ver que soy otro proyecto que vas a dejar a medias. Otra vez.” Era un email largo, incoherente y confuso; no parecía mío.

El email era duro e injusto no tanto porque no dijera cosas que eran verdad, sino por el momento y la forma de decirlo. Ya en mi primera relación con Miren había notado esa costumbre suya de emocionarse con la novedad exageradamente, como si cada idea que se le ocurriera fuera una genialidad y cada historia en la que se embarcase supusiera un antes y un después en la historia del arte y de la humanidad. Y esto, en aspectos que iban desde lo mínimo hasta lo trascendental: cursos de idiomas abandonados después después de tres sesiones, cambios de asignatura a mitad del semestre, planes de viajes que había que cambiar a última hora porque lo que de verdad había que conocer ya no era Granada sino Sevilla, y luego ya no era Sevilla sino Córdoba…

Era también injusto por personalizar en mí (de una forma bastante egocéntrica, por cierto), cuando la verdad es que en nuestra segunda relación nuestra Miren estaba mostrando una constancia y un empeño que no tenían nada que ver con la de nuestro primer intento, que fue -ya lo he explicado otras veces- mucho más explosivo y menos pacífico. Y porque responsabilizar a Miren en exclusiva por el éxito o fracaso de nuestra relación era, bueno, una actitud bastante infantil. Y porque ¿qué clase de novio era yo, si cuando más vulnerable y más decaída estaba mi pareja, en lugar de apoyarla hacía leña del árbol caído, o a punto de caer?

Sabía todas estas cosas en el momento de escribir el mensaje, y aun así le di a “enviar” nada más terminarlo. Si hubiera esperado un rato más, probablemente lo habría borrado, como he hecho tantas veces con mensajes semejantes, y el mensaje se me habría quedado quemándome por dentro como una rabia secreta que de alguna otra forma habría terminado por estallar.

Así que mandé el mensaje y me fui a dormir todo lo que Miren y yo no habíamos dormido en París. Cuando desperté tenía dos emails cortísimos de Miren. “¿Crees que no lo sé?”, decía el primero, y el segundo: “No quiero dejarte. No quiero que me dejes”. No era el tipo de mensaje que esperaba recibir como respuesta al mío; me sentí inmediatamente como un gusano, como el gusano que vive de lo que el resto de gusanos no quieren.

Llamé a Miren y le pedí perdón de todas las formas que se me ocurrieron, y Miren también me pidió perdón a mí, aunque yo no tenía del todo claro por qué. Lloré, lloró, lloramos. Nos prometimos amor eterno, o por lo menos amor hasta un plazo de tiempo razonable. Luego me fui a la página de la TAP y me compré un billete a Bilbao para el siguiente fin de semana. El resto del día nos lo pasamos enviándonos mensajes inusualmente cariñosos. (Todavía los guardo).

Creo que nunca he visto más claro el sentido de la palabra “catarsis” que aquel día.

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Un pensamiento en “Todo tiempo pesado (II, 9): Quitter

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