Amor y mercados

Cuando Alicia y yo empezamos a salir, la bolsa de LIsboa subió un 7.4% en una semana: salió en todas las noticias. Teniendo en cuenta la importancia de la opinión de los mercados en todos los aspectos de nuestra vida actualmente, lo tomé como un buen augurio. Luego pasaron los meses, y empecé a darme cuenta de que cada vez que Alicia y yo teníamos una de nuestras broncas legendarias, temblaban los mercados, subía la prima de riesgo, aumentaba el paro y a los funcionarios les quitaban una paga extra.

Una vez comprobada la correlación entre nuestro amor y los mercados, era necesario aplicar la lógica científica para explicar este extraño fenómeno. Las hipótesis de partida eran tres:

  • Que los problemas en nuestra relación causasen torbellinos financieros;
  • Que los torbellinos financierons causasen problemas en nuestra relación;
  • Que los torbellinos financieros y nuestros problemas amorosos tuvieran una causa común.

Me concentré primero en la primera hipótesis: ¿cómo podía nuestra relación afectar de tal modo a la realidad, que provocase la venta masiva de acciones, la pérdida de capacidad adquisitiva de los portugueses y la desconfianza de los inversores extranjeros? La única explicación sería que nuestro mal humor y nuestro cansancio se expandiese como una onda destructiva hasta afectar a los decision makers, que no sé exactamente quiénes son, pero que desde luego no somos Alicia ni yo.

La segunda hipótesis era inversa: que Alicia y yo, aun sin saberlo, estuviéramos viéndonos afectados por el ambiente económico global hasta el punto de reflejar en las alteraciones de nuestra presión sanguínea las alteraciones en la presión crediticia internacional. ¿Improbable? Claro. Pero estando Alicia de por medio, nada era imposible. Quizás sin saberlo nos sintiéramos culpables por ser felices cuando a nuestro alrededor la economía se desmoronaba; o a lo mejor la incertidumbre sobre nuestro futuro laboral se traladaba, por ósmosis, al ámbito amoroso.

La explicación más razonable, sin embargo, parecía la tercera: que hubiera algún factor desconocido que provocase al mismo tiempo inestabilidad económica y lanzamiento doméstico de objetos. A esa posibilidad dediqué mis esfuerzos en los siguientes meses: cuando Alicia y yo discutíamos hasta los gritos y el chirriar de dientes, compraba el periódico, no para leer las páginas de economía (sabía perfectamente que en alguna parte de Portugal habría habido un ERE o cerrado una fábrica), sino para analizar todo el resto: política nacional, política internacional, cultura, sociedad, deportes. Tenía que encontrar un patrón, una norma que explicase la paridad erótico-monetaria que Alicia y yo habíamos creado.

En los meses que Alicia y yo estuvimos juntos, fui juntando carpetas y carpetas de noticias clasificadas por sección, fecha, relevancia; hacía esquemas y cuadros sinópticos, tablas y gráficos de quesitos y de barras. Incluso me apunté a un curso online de estadística para saber si este aumento del precio del café o aquel gol en el último minuto del Benfica podían tener algo que ver con mi última discusión con Alicia (y también, al mismo tiempo, con el último rescate bancario). Creo firmemente que debía estar a punto de descubrir el secreto, que las ideas estaban empezando a encajar, que con tres o cuatro broncas más (si Alicia, yo y Portugal lo soportábamos) resolvería el misterio.

Pero no pudo ser: antes de que pudiera afinar definitivamente los últimos elementos de mi estudio, el FMI entró en Portugal, y Alicia y yo dejamos de ser novios. O a lo mejor debería decir: Alicia y yo dejamos de ser novios, y el FMI entró en Portugal.

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