El mascador de chicle

El chico del asiento de atrás en el avión masca chicle con la boca abierta; encima no se sienta tranquilamente en su asiento, sino que está todo el rato mirando por la ventanilla, así que tengo su boca abierta que masca chicle a pocos centímetros de la oreja. Chuic, chuic, chuic.

A los que mascan chicle con la boca abierta habría que meterlos en la cárcel. De hecho, habría que meterlos a todos en la misma cárcel, y suministrarles miles de paquetes de chicle. El chuic-chuic-chuic de la cárcel de los mascadores de chicle se oiría a varios kilómetros de distancia. No cabe duda de que la mayoría de los presos reconocerían lo desagradable del sonido y dejarían de mascar chicle, o por lo menos dejarían de mascar chicle con la boca abierta. También es posible que algunos se volvieran locos con tanto chuic-chuic-chuic, pero no se puede hacer una tortilla sin romper algunos imbéciles.

Pero todo esto, mientras no me convierta en Emperador del mundo, son solo fantasías. Ahora tengo un mascador de chicle con la boca abierta justo detrás de mí, y tengo tres opciones:

  1. No hacer nada, intentar sumergirme en el libro y no escuchar el chuic-chuic-chuic.
  2. Girarme y preguntarle educadamente: “Disculpe, ¿podría dejar de mascar chicle con la boca abierta? Es que es un sonido tan desagradable que tengo ganas de arrancarme las orejas”:
  3. Levantarme en el asiento y sin decir nada golpearle con el portátil en la cabeza hasta que pierda el conocimiento.

Conociéndome como me conocéis, ya sabéis cuál de las tres opciones he elegido.

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