Todo tiempo pesado (II, 8): Interludio

En el capítulo anterior: Miren y Santi discuten por culpa de Alicia.

 

No quiero que el que lea este blogculebrón piense que Miren y yo andábamos siempre a la gresca, que es lo que puede dar la impresión leyendo las dos últimas entradas. En realidad, como toda pareja que ha pasado los primeros meses de enamoramiento tontorrón, teníamos nuestros buenos y nuestros malos momentos, y cuando los momentos eran buenos eran muy buenos.

Por ejemplo, pocas semanas después de nuestra discusión por culpa de Alicia, Miren y yo hizimos un viaje juntos a París. Una amiga suya, también pintora, podía dejarnos su apartamento durante una semana, conseguimos vuelos baratos… Además era invierno, lo que hacía prever que los turistas iban a ser molestos pero no insoportables… (¿Pero por qué necesito justificarme para decir que pasé un fin de semana con Miren en París?)

Fueron unos días maravillosos, y en este caso no me da vergüenza usar un adjetivo que puede sonar algo cursi. Desde que nos encontramos en el aeropuerto -yo llegué un par de horas antes y la esperé leyendo en un banco-, fue como si no existiera el mundo, como si no tuviéramos ningún problema ni como pareja ni como personas ni nada, y como si nos hubieran quitado quince años de encima y nos hubieran convertido en los jóvenes estúpidos y románticos que no éramos cuando teníamos dieciocho años.

El apartamento de su amiga quedaba un poco en las afueras, pero nos daba igual: cogidos de la mano, mirándonos a los ojos como idiotas, hasta viajar en un metro atestado y apestoso nos parecía entrañable. Era como si nos hubiéramos vestido el cliché de la pareja enamorada, y hubiéramos descubierto sorprendidos que nos encajaba como un guante. Y era muy agradable, siempre que no se pensara demasiado en el asunto. Creo que ninguno de los dos terminaba de reconocerse muy bien en aquella tregua que nos habíamos concedido, pero ninguno de los dos quería tampoco rascar demasiado, para no descubrir cómo de fina era la cáscara del huevo.

Hicimos todo lo que se supone que hay que hacer cuando se va a París en pareja: subimos a la torre Eifell, paseamos por el Sena, A pesar de los problemas de Miren con los museos, nos atrevimos con el Musée D’Orsay y con el Museo Rodin, y la cosa no puedo ir mejor: Miren se puso soñadora, creativa y cariñosa, y hablamos durante horas de arte, pero no del arte que se hace en el mundo ahora mismo, sino del arte como capacidad humana casi mágica de crear cosas donde antes no había cosas.

(El Louvre en cambio ni lo mencionamos, porque los dos sabíamos el efecto que iba a tener en Miren ver la masa de turistas sacándole fotos a la Gioconda, con posibilidades de alguna agresión incluida)

Durante toda la semana hicimos el amor varias veces por día, al despertarnos, al acostarnos, al volvernos a acostar, siempre de una forma suave y cómplice, llena de risas, caricias y miradas a los ojos. (Si hubo algún tirón de pelos no fue demasiado fuerte, y en todo caso a veces el guión lo exige). Probamos cosas nuevas que a los dos nos apetecían pero que ninguno de los dos se atrevía a sugerir… y vimos que algunas eran buenas y otras no tanto.

Y después dormíamos abrazados, para sobrellevar mejor el frío del invierno en París, y porque cuando vas en pareja a París por primera vez tienes que pasar la noche abrazado, aunque no duermas. Y nosotros dormimos.

El último día lo pasamos sin salir del apartamento, prácticamente sin salir de la cama, cálidamente deprimidos por la necesidad de volver a separarnos. Luego limpiamos el apartamento, pusimos las sábanas a lavar, hicimos las maletas y nos fuimos para el aeropuerto a coger nuestros vuelos respectivos.

Aunque los dos teníamos ya hecho el check-in, llegamos al aeropuerto con dos horas de anticipación (culpa mía, que me estreso cuando tengo que viajar). Las pasamos en una de las muchas cafeterías del aeropuerto, cogidos de la mano y comiendo nuestro último croissant francés, que es otra de las cosas que hay que hacer cuando estás en París en pareja.

Cuando faltaba una media hora para mi embarque, Miren me apretó la mano un poco más fuerte todavía.

-Santi -me dijo-, hay una cosa que no he querido decirte hasta ahora para no estropear estos días en París.

-¿Qué pasa? -le pregunté, asustado.

Miren esperó un momento antes de contestar, como planteándose si no estaría metiendo la pata.

-Voy a dejar el trabajo en el Guggenheim. En cuanto llegue a Bilbao, les digo que me voy, y que se busquen a otra.

-¿Otra vez estamos con esas? -salté, entre sorprendido e indignado.

No sé exactamente qué fue lo que me molestó: si la circularidad de que estuviéramos teniendo la misma conversación un año más tarde, la premeditación de haber ocultado esta información hasta el último momento, o el que la decisión estuviera tomada sin que me la hubiera consultado o por lo menos comentado de antemano.

-No sé por qué te pones así -me contestó Miren, no sin razón.

-Yo tampoco lo sé, pero ahora no tengo tiempo de averiguarlo. Ya están llamando para mi vuelo.

Le di un beso largo pero sin abrir los labios, nos abrazamos sin demasiado calor y nos fuimos cada uno por nuestro lado. (En realidad, en sentido estricto yo me fui por mi lado y ella se quedó en el café esperando su vuelo).

Antes de montarme en el avión, sintiéndome bastante mal conmigo mismo, le mandé un sms: “Sabes que te quiero, ¿no?” Y ella me contestó casi inmediatamente con otro que decía: “Claro que lo sé :)”. (Porque una cosa es una cosa y otra es otra).

Y con eso, y con montarme en el avión de vuelta a Lisboa, se acabó nuestra tregua, nuestro interludio, y volvimos a la vida real de las discusiones y las decisiones difíciles, que la verdad es mucho más interesante que una semana en París.

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