La Canción

Hace unos años (probablemente ya casi nadie se acuerde) un grupo británico compuso La Canción: la canción definitiva, la canción destinada a acabar con la necesidad de componer más canciones. Era tan bonita, estaba tan bien escrita y tan conjuntadas letra y música que era imposible encontrarle absolutamente ninguna pega, y su contenido se entendía a la perfección aunque no se hablase una palabra de inglés, porque ese es el poder de la música.

Lo que pasa es que era una canción triste; tan triste, que era imposible oírla sin echarse a llorar, y no hablo del llanto callado estoico del anciano que se despide de la vida, sino de la llorera imparable del adolescente que ha perdido al amor de su vida (o eso cree él, o ella). Era una canción tan triste, que era peligroso oírla más de dos veces seguidas si había cerca objetos punzantes; tan triste, que en los conciertos de la banda los asistentes terminaban abrazados consolándose o unos a otros, o mejor, desconsolándose mutuamente; tan triste, que después de oírla la gente se ponía fados para animarse.

El gobierno británico se dio cuenta enseguida de que tenía en mano una crisis de consecuencias insospechadas e insospechables: si la canción sonaba en la radio, aumentaban los accidentes de tráfico, porque a los conductores les daba una llantina violenta que les hacía salirse de la calzada; si ponían el vídeo en la televisión, los abuelos dejaban de comer, los padres de trabajar y los jóvenes se daban a las drogas; si sonaba en el hilo musical de la consulta del médico, los pacientes se iban a casa porque total, ya no querían curarse.

Así que el gobierno, ante esta crisis, hizo lo que mejor sabe hacer un gobierno: prohibir la canción. Lo que el gobierno ignoraba es que internet existe, y en internet había ya cientos de miles de millones de copias de archivos que contenían la canción, remix de la canción, mash-ups de la canción, versiones de la canción feat. Pitbull. La canción ya estaba en el mundo, y no era posible pararla. Y además estaba haciendo que el mundo fuera un lugar más hermoso, aunque también más inhabitable.

Lo peor es que de repente el grupo, que estaba sometido a arresto domiciliario hasta que se encontrase algo mejor que hacer con ellos, anunció que había compuesto otra canción; perdón, otra Canción. Una Canción que haría que la Canción pareciese un picnic y una chapuza. Tan bonita y tan triste que tenían que tocarla con tapones en los oídos, y aun así solo conseguían tocarla entera una de cada tres veces. La OTAN, reunida de urgencia en Castellón (porque en algún lugar tenían que reunirse) decidió entonces bombardear la casa donde estaban recluidos los músicos, aunque con ello también matasen a sus veintisiete vecinos, a trece periodistas que estaban apostados en la puerta y a los policías que vigilaban la puerta. (Es lo que se llaman “daños colaterales” y hay que aceptarlos porque acortan la guerra tres años).

En el funeral, multitudinario tanto en número de víctimas como de asistentes, sonó la Canción, y todo el mundo lloró hasta desmayarse, incluido el sacerdote. Después, espontáneamente y sin que el gobierno tuviera nada que ver, el mundo decidió que aquella canción era demasiado bonita y demasiado triste para existir (para haber existido) y simplemente la olvidó.

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