Carne

Cuando Alicia y yo terminamos (no inmediatamente después, sino un tiempo después, cuando me sentí preparado para buscar una nueva relación) me inscribí en uno de esos sites para encontrar pareja, con ilusión, vergüenza y una tarjeta de crédito. Rellené mis datos, completé el cuestionario, mentí cuando creí que era mejor mentir, maquillé la verdad en aquellos puntos en los que todo el mundo lo hace. (Complexión: atlética).

Luego esperé. En mi imaginación espídica, lo que iba a pasar es que iba a recibir decenas de mensajes, iba a flirtear con decenas de mujeres, y al final una, ella, la única, la perfecta escogida por algoritmos mágicos, iba a coger mi mano a través de la pantalla del ordenador e íbamos a caminar juntos hacia el atardecer.

Dos semanas más tarde a una mujer de 60 años de Albacete le gustó mi perfil y me planteé seriamente la posibilidad de casarme con ella.

Sí tenía visitas a mi perfil: visitas que venían y se iban sin decir nada. (Hay un capítulo de The IT Crowd en que un contratista le dice a Jen: “Es que no eres mi tipo: a mí me gustan las mujeres altas y bonitas”). Aquellas visitas me daban idea de estar en un mercado de carne, pero la carne era yo.

Unos meses antes, Alicia y yo habíamos estado de viaje en Londres, y habíamos ido a una exposición de esa de cuerpos plastificados, Disgusting bodies o algo parecido. Los cuerpos de hombres y mujeres despellejados, diseccionados, seccionados se nos presentaban en actitudes cotidianas: jugando a las cartas, corriendo, durmiendo o incluso haciendo el amor. Podíamos ver sus tendones, sus músculos divididos en cada una de sus fibras, los huesos pulidos sin resto de carne, sus calaveras vacías.

Cuando estábamos enfrente de una vitrina que contenía un sistema nervioso completo (la médula espinal, los nervios, el cerebro, los ojos) sin cuerpo a su alrededor, Alicia me preguntó: “Pero esto no es de verdad, ¿no? Quiero decir, esto es todo de plástico, ¿verdad?” La miré a la cara y estuve seguro de que si le decía la verdad iba a vomitar allí mismo, en medio del museo. “Sí, claro, es todo de plástico”, le dije, “no son seres humanos”.

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Un pensamiento en “Carne

  1. “…no son seres humanos”.
    Algo se me escapa también a mí, o estoy yo muy lejos de la actual sociedad, pero… precisamente esa es la sensación que saqué de mi visita -breve, muy poco grata- a un lugar de esos: ¡se presta uno a estar en un escaparate! (Puaj, con perdón para todos aquellos que hacen de las páginas de citas su lugar habitual).

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