Armonía universal

Habría bebido qué, cinco, seis cubatas. Eran los años locos (unos años locos bastante moderados, la verdad) en que era obligatorio salir todos los viernes y sábados, y también algún jueves, y volver a casa dándose con las puertas después de desayunar un pincho de tortilla con café con leche. Esa noche algo me había sentado mal (la mayonesa del sándwich, seguro) y tenía el estómago revuelto.

Por si acaso, me pedí otro cubata: todo el mundo sabe que el alcohol es un gran antiséptico. Mis amigos hablaban de sus novias y ex-novias, de las cosas que les hacían, cómo se las hacían, cuándo se las hacían. Como la música estaba tan alta y yo estaba un poco en segunda fila no conseguía oír casi nada de lo que decían.

Por algún motivo extraño, el sexto (o séptimo) cubata me cayó todavía peor que los anteriores, lo que no deja de ser un misterio porque si son todos iguales deberían tener todos el mismo efecto. Les dije a mis amigos que me iba a tomar un poco el aire; no sé si alguien me oyó, pero el caso es que nadie salió conmigo.

Estaba mareado, pero dando tumbos conseguí llegar a uno de los callejones laterales a los que la gente va a mear; los tíos, quiero decir. Me apoyé contra la pared, que parecía dar vueltas de una forma bastante inverosímil. Luego vomité contra la pared; intenté abrir las piernas lo más posible pero no pude evitar mancharme un poco las zapatillas, una de las zapatillas, la derecha.

Después de vomitar me sentía un poco mejor: tenía el estómago encogido pero por lo menos ya no me dolía. La cabeza, eso sí, seguía dándome vueltas. Me senté en el suelo enfrente del bar donde estaban mis amigos, hasta que se me pasase un poco el mareo.

Y entonces, mirando a mi alrededor desde allí abajo, viendo la masa de chavales, chicos y chicas borrachos, riéndose, hablando, besándose, tocándose, de repente me invadió un sentimiento de armonía con el universo y con todo lo que me rodeaba: ¡yo era parte de esto! ¡Yo era parte del universo, del cosmos, de la cosa esta! ¡Estaba en sintonía con todos estos otros cuerpos jóvenes hechos de la misma materia que yo, vibrando en la misma frecuencia que yo, movidos por la misma energía que yo! (Aunque yo tenía el estómago vacío).

Me vinieron lágrimas a los ojos: quería abrazarlos a todos, decirles que éramos hermanos, sumergirme en la masa anónima y carnosa, disolverme en la pura solidaridad de todos los seres, en la unidad infinita de los hombres (y de las mujeres). Tenía el pecho hinchado como un globo de pura felicidad. (Debían ser las tres y media de la mañana)

Me levanté, todavía un poco mareado, y me metí en el bar a buscar a mis amigos para contarles que había tenido una epifanía, y que les quería como a hermanos; más todavía: como a mí mismo. Antes de eso hice una parada en el baño para limpiarme el vómito de la zapatilla con papel del váter.

Llegué por fin al grupo de mis amigos, que ahora estaban hablando de fútbol y discutiendo si este año íbamos a aspirar a Europa o a salvarnos del descenso. Intenté interrumpir la conversación para contarles mi descubrimiento, pero como estaba un poco en segunda fila no conseguía que nadie me oyese.

Para cuando alguien se dio cuenta de que había vuelto, la sensación de armonía universal ya se me había pasado; ya ni siquiera recordaba que alguna vez me hubiera sentido parte del mundo. Me pedí un séptimo (¿octavo?) cubata para celebrarlo.

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