Una mañana en la Seguridad Social

La mañana empieza mal: salgo de casa a las 8.oo y voy hasta las oficinas de la Seguridad Social en Areeiro, pero cuando llego allí veo que solo atienden con cita previa. Para que me atiendan sin cita previa tengo que ir a una Loja do Cidadão. Intento recordar dónde hay Lojas de esas y calculo que la más cercana es la de Marvila. Cojo el metro, pero me equivoco de parada, tengo que bajarme y cogerlo en sentido contrario. Para cuando llego a la Loja do Cidadão son casi las 9.00. Esa media hora que he perdido dando vueltas de un sitio a otro significarán luego horas y horas en la sala de espera. Menos mal que he traído Os Maias de Eça de Queirós: 600 páginas.

La Loja do Cidadão de Marvila está en un centro comercial; supongo que es un signo de los tiempos. Por si eso fuera poco, en la Loja do Cidadão conviven servicios públicos (Seguridad Social, Hacienda, Registro…) con empresas privadas (EDP, NOS, Vodafone). Como digo, supongo que es un signo de los tiempos.

El sistema de reparto de turnos es justo pero cruel: para conseguir que te atiendan hay que estar haciendo cola desde antes de que abran; si no, te arriesgas a que ya no queden “señas” y tengas que volver al día siguiente. (Los Centros de Salud también funcionan así, por cierto: quien quiera ser atendido tiene que estar allí a las 8.30 de la mañana cogiendo vez). Yo llego a la Loja do Cidadão a las 9 y ya hay una cola de unas ciento cincuenta personas. Un señor se me pone delante y me explica que no se está colando, que está acompañando a su mujer que está cuatro o cinco posiciones más adelante, pero que quiere ayudarla cuando la llamen y por eso no quiere coger un número consecutivo al suyo. Me cuesta entenderlo pero le digo que bien, que adelante. Cuando me dan mi seña, veo que es la A95. Como me temía, me voy a pasar el día en la sala de espera.

En la tienda de NOS (una compañía de teléfono y televisión por cable) tienen puesta la MTV, pero sin sonido, lo que es un poco absurdo. En todo caso, ver los vídeos sin música permite ver lo hiperbólicos que son en su espectacularidad, y también lo machistas: si la cantante es una mujer, sale ligera de ropa; si el cantante es un hombre, sale rodeado de mujeres ligeras de ropa. En el tiempo que paso en la sala de espera, hay canciones (o mejor dicho, vídeos) que se repiten cuatro y hasta cinco veces. Qué pocas canciones se deben componer en el mundo.

A las diez llega una mujer y se pone a gritar porque las “señas” ya se han acabado. No le falta cierta razón a su protesta (¿Por qué hay que venir a las nueve de la mañana para ser atendido a las cuatro de la tarde? ¿Y la gente que trabaja, qué?) pero le pierden las formas. En todo caso, miro a mi alrededor y veo muchas mujeres, muchas personas mayores, muchos inmigrantes. Me pregunto si hay una Loja do Cidadão especial para abogados, médicos, políticos, banqueros, o si es que tienen ayudantes que tratan de esos asuntos por ellos. También me fijo que casi todas las personas que atienden en los mostradores son mujeres; quizás sus supervisores sean todos hombres. En los mostradores de las empresas privadas las dependientas son más jóvenes que en los servicios públicos.

Leo a Eça de Queirós (en boca de Ega): “Se não aparecerem mulheres, importam-se, que é em Portugal para tudo o recurso natural. Aqui importa-se tudo. Leis, ideias, filosofias, teorias, assuntos, estéticas, ciências, estilos, indústrias, modas, maneiras, pilhérias, tudo nos vem em caixotes pelo paquete. A civilização custa-nos caríssima, com os direitos de alfândega: e é tudo em segunda mão, não foi feita para nós, fica-nos curta nas mangas…”

Me canso de estar sentado: me doy un paseo por el local. Junto a la máquina de señas (para algunos servicios deben quedar todavía) hay un señor mayor que obviamente no trabaja allí, pero que se dedica a explicar a los que van llegando cómo tienen que pedir su turno. Como todavía faltan unos cincuenta números hasta el mío, voy a la cafetería de enfrente y me tomo un café con leche y una tostada, pero hace tanto frío que se está mejor en la sala de espera. ¿Me lo parece a mí o cada vez hay más madres con niños cada vez más pequeños? (Una le da el pecho a uno, otra acuna al suyo, más allá hay otro que se ha echado a llorar). Una pareja, también con carrito de bebé, discute. “No te vayas a ningún sitio”, le dice ella a él, “que en cualquier momento nos llaman y yo te necesito aquí”. Se lo dice con un tono seco, sin gritar pero con mucha agresividad, pero a él no parece importarle.

Frente a mí se sienta un chico que tiene una mano escayolada. Además, parece tener un catarro. En un momento tose violentamente y aunque se pone la manga del abrigo delante de la boca no es suficiente, y una flema pequeña cae al lado de su zapato. Él no parece haberse dado cuenta; yo sí, y el señor que está a mi lado también. Pero no hacemos nada: ¿qué íbamos a hacer?

Me fijo mejor en las dependientas del mostrador de NOS: son dos chicas de unos veintipocos años, seguramente trabajadoras en prácticas, acabarán de terminar la carrera hace poco. Una de ellas tiene aire despistado, como de no haber dormido bien; la otra es más despierta, y también más bonita. Tiene la piel castaña, la nariz redonda, los ojos oscuros, y lleva unos pendientes como de perla, grandes. Con los clientes es muy amable, aunque un señor que no se decide le hace perder la paciencia.

Sigo leyendo a Eça de Queirós: “É extraordinário! Neste abençoado país todos os políticos têm «imenso talento». A oposição confessa sempre que os ministros, que ela cobre de injúrias, tem, à parte os disparates que fazem, um «talento de primeira ordem»! Por outro lado a maioria admite que a oposição, a quem ela contantemente recrimina pelos disparates que fez, está cheia de «robustíssimos talentos»! De resto todo o mundo concorda que o país é uma choldra. E resulta portanto este facto supracómico: um país governado «com imenso talento», que é de todos na Europa, segundo o consenso unânime, o mais estùpidamente governado! Eu proponho isto, a ver: que, como os talentos sempre falham, se experimentem uma vez os imbecis!”

Hacia el mediodía baja algo el ritmo de la atención a los usuarios, pero no se detiene. Debe de haber un sistema de turnos para que todos los funcionarios puedan comer, sin que el mostrador se quede en ningún momento vacío. Los números avanzan muy poco a poco, pero se van acercando al mío. Tengo ganas de ir al baño. Pienso: seguro que voy al baño y de repente empiezan a llamar a gente hasta llegar a mi número, y se lo saltan, y luego ya no quieren atenderme, y he perdido aquí el día para nada. Combato la paranoia y voy al baño. Cuando vuelvo todavía van en el A75.

Doy otro paseo por el local y cuando vuelvo intento sentarme cerca del mostrador de NOS, para estar entretenido por lo menos, pero una señora mayor se me adelanta y ocupa la silla a la que le había echado el ojo. Decido quedarme de pie, leyendo. “Chique a valer!” Enfrente de mí está el señor al que le he dejado que se no-cuele por la mañana: me sonríe. La que está a su lado debe ser su mujer; parece mucho mayor, habría dicho más bien que era su madre.

Me toca por fin mi turno, pero cuando voy a sentarme viene una chica joven, también con un niño pequeño, y le pregunta a la señora del mostrador que por favor la atienda, que no ha podido venir antes, que no tiene seña. La funcionaria le dice amablemente que no puede ser, que lo siente pero no puede ser. La chica, que diría que es rumana, tampoco insiste y se va. Luego, por fin, me atienden. El trámite queda resuelto; es un decir: queda entregada la solicitud, ahora hace falta que la tramiten. Pero yo ya he cumplido.

Salgo de la Loja do Cidadão y miro el reloj: son las 15.30. Voy a coger el metro pero antes paso por la farmacia: necesito comprar antiácidos. Cuando hago el trasbordo entre la línea verde y la roja en la parada de Alameda, me parece ver venir en dirección contraria a la chica del mostrador de NOS. Es imposible, pienso: ella debe de estar todavía en la Loja do Cidadão.

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