Todo tiempo pesado (II, 6): Llamadas perdidas

En el capítulo anterior: Miren y Santi hablan, qué pesaditos.

Si Miren no hubiera cogido un resfriado, no habría pasado nada; pero lo cogió. Nada grave: uno de tantos resfriados de esos que se cogen en invierno, que no llegan ni a ser una gripe, pero que te hacen pasar un par de días atontado en la cama.

Me lo dijo por el facebook un jueves por la mañana. “Estoy con trancazo en casa, no voy a trabajar”, me dijo. Y yo: “Pobre, ¡cuídate mucho!”. Luego me fui a la universidad porque tenía una reunión para organizar un congreso o una publicación o un encuentro de escritores (ya no me acuerdo exactamente), y después me pasé toda la mañana y buena parte de la tarde, respondiendo emails, enviando emails, borrando emails, clasificando emails. Trabajando, vamos.

Después de comer le mandé un mensaje de móvil: “¿Cómo sigues?” Tardó varias horas en responderme, y cuando llegó la respuesta simplemente decía: “Mejor”.

Esa tarde daban una película de Hitchcock en la cinemateca; no hay mejor plan para el invierno en Lisboa que ir a la cinemateca. Venían conmigo dos amigos más, un compañero del trabajo y una chica española que acababa de llegar con una beca.

Y justo cuando estaba a punto de entrar en la sala, me sonó el móvil: era Miren. Faltaban tres minutos para empezar la película. Mis opciones eran tres: constestar la llamada y hablar con Miren normalmente (y perderme el principio de la película); constestar la llamada pero hacerla breve (para no perderme el principio de la película) o no contestar. Decidí no contestar.

En un día normal, no habría pasado nada, pero Miren tenía un resfriado, uno de tantos resfriados de esos que se cogen en invierno, que no llegan ni a ser una gripe, pero que te hacen pasar un par de días atontado en la cama.

Cuando salí de la película (que me gustó menos de lo que esperaba: era todavía un Hitchcock bastante inmaduro) miré al móvil: tenía tres llamadas perdidas más de Miren. Ahí empecé a entender que estaba en problemas. Intenté llamarle, pero no contestaba. (Si no contestaba porque estaba ya dormida, o para vengarse de mí, eso yo no podía saberlo).

Volví a intentarlo un par de veces más, y nada. Le mandé un sms. “Perdona, Miren, estaba en el cine. Estás despierta todavía?”. Luego esperé, esperé y esperé un poco más, y como no me devolvía el mensaje intenté llamarle otra vez. Ahora el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura.

Eran inevitables algunas preguntas: ¿había apagado Miren el móvil después de recibir mi mensaje? Si así era, ¿no estaba exagerando, sobreactuando un poco? ¿O sería que, casualmente, su mensaje se había quedado sin batería entre mis primeras llamadas perdidas y esta última? No, mucha casualidad, tenía que haberlo apagado a propósito. Entonces estaba claramente enfadada, y me estaba castigando por ello. ¿No era eso una crueldad?

Y sin embargo, también eran inevitables algunas preguntas sobre mi propia actitud: ¿qué significaba que no hubiera contestado a la llamada de Miren antes de entrar al cine? ¿Por qué me importaba más ver los primeros minutos de una película de Hitchcock que hablar con mi novia, que además estaba enferma? (Sí, vale, era solo un resfriado, uno de tantos resfriados de esos que se cogen en invierno, que no llegan ni a ser una gripe, pero que te hacen pasar un par de días atontado en la cama, pero eso es indiferente).

Me preguntaba si debía sentirme culpable (me sentía culpable, de hecho), o si mi actitud podía considerarse normal y excusable. ¿Y si la película hubiera empezado cinco minutos antes? Entonces la llamada de Miren habría llegado cuando yo ya estaba en el cine y no habría podido atenderla. Eso Miren no lo sabía. ¿Está un novio, y sobre todo un novio a distancia, obligado a responder todas las llamadas de su novia?

Sin embargo, la pregunta mayor, la que más me preocupaba, era esta: el que no me hubiera apetecido contestar la llamada de Miren, ¿significaba algo, en relación con nuestra relación, o era algo meramente anecdótico? ¿Me estaba cansando de Miren, o “ya no la quería como al principio”, como dicen los personajes de telenovela? ¿O es que simplemente me gusta mucho Hitchcock?

Como me suele pasar en estos casos, me fui a la cama sintiéndome mal, con la tripa revuelta y la cabeza más revuelta todavía. Soñé con Miren, y Miren en el sueño no estaba enferma (ni siquiera tenía uno de tantos resfriados de esos que se cogen en invierno, que no llegan ni a ser una gripe, pero que te hacen pasar un par de días atontado en la cama), pero sí muy enfadada, y hablábamos y discutíamos y yo me sentía mal.

Cuando me desperté a la mañana siguiente lo primero que hice fue mirar al móvil a ver si tenía algún mensaje de Miren. “Perdona, Santi, me quedé sin batería. ¿Qué tal el cine?”. Qué más quisiera yo: nada. Ya no había duda, se preparaba una bronca.

Me levanté, me duché, desayuné (o sea, tomé un café frío y un plátano) y luego llamé a Miren. El teléfono estaba encendido, algo que consideré una buena señal.

-¿Sí? -contestó, con voz mocosa.

-¡Miren! ¡Soy Santi! Por fin te pillo -dije, con mi voz más inocente y angelical.

-Eres un imbécil.

-¿Por? -respondí, siguiendo con mi papel de niño bueno.

-Ya sabes por qué. Ayer te habría matado.

-Pero mujer, es que estaba en el cine cuando me llamaste, y cuando salí ya era tarde…

-¡Pues haberme llamado antes de entrar al cine! ¡Que en todo el día ni una llamada, y sabías que estaba en casa enferma!

-Bueno, al mediodía te mandé un mensaje…

-Un mensaje, vale, de puta madre.

Decidí que no había más remedio que batirse en retirada, meter el rabo entre las piernas, agachar la cabeza.

-Tienes razón, perdona, tenía que haberte llamado antes… Bueno, ¿cómo estás?

El cambio de tema pareció surtir efecto: Miren empezó una detallada descripción de todos sus síntomas y aparentemente se olvidó del tema de las llamdas perdidas. Pero cuando terminamos de hablar y yo le dije “Te quiero mucho, cuídate” (porque hasta ese nivel de afectividad sí nos permitíamos llegar), ella me contestó con un “sí, ya, hasta luego” que significaba claramente que ni todo estaba olvidado ni todo estaba perdonado. Intenté calcular mentalmente cuántos días más iba a tener que seguir con el rabo entre las piernas y la cabeza agachada, pero no llegué a ninguna conclusión.

Afortunadamente para mí, dos días más tarde fui yo el que amaneció enfermo, así que a Miren no le quedaba más remedio que abandonar su enfurruñamiento para preocuparse por mí, y por supuesto contestar a todas mis llamadas independientemente de las circunstancias. (Por cierto, mi enfermedad no era nada: solo un resfriado, uno de tantos resfriados de esos que se cogen en invierno, que no llegan ni a ser una gripe, pero que te hacen pasar un par de días atontado en la cama).

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