El tigre

Ayer apareció en medio de Bilbao un tigre, pero no un tigre metafísico y dócil como los de Cortázar sino uno de verdad, con sus rayas, sus garras, sus dientes y sus bigotes y su rabo. Nadie sabía muy bien de dónde había salido aquel tigre, porque en BIlbao no hay zoo, y tampoco había en las proximidades ningún circo con animales. (Todo el mundo sabe que los circos con animales son una crueldad y que los vascos somos gente muy civilizada).

Tampoco se explicaba bien (a poco que se pensara en ello) que el primer avistamiento del tigre hubiera sido en la Gran Vía, o sea, en plenísimo centro de Bilbao, porque el tigre, salvo que hubiera venido en metro -cosa que no parece probable, porque de dónde iba a sacar un pase un animal así-, para llegar a la Gran Vía tendría que haber atravesado alguno de los barrios periféricos de Bilbao (San Ignacio, Otxarkoaga, Begoña, Santutxu, Uretamendi, Rekalde, en fin, alguno), y luego todavía habría tenido que caminar por las calles de Abando hasta llegar a plantarse allí, enfrente de la Diputación -otros dijeron verlo poco antes enfrente del Corte Inglés, pero tanto importa).

Y quedaba siempre la cuestión del origen primero del tigre: de dónde se había escapado, si es que se había escapado de alguna parte; de dónde había salido, si es que había salido de alguna parte. La otra posibilidad, la de que el tigre se hubiera generado espontáneamente en la Gran Vía, parecía todavía más inverosímil, incluso aunque pensásemos en algún tipo de mutación genética que permitiese el paso de cachorro a tigre adulto en un tiempo reducido, digamos tres meses.

En realidad, todo aquello daba igual y solo servía para llenar páginas en los periódicos, minutos en los telediarios y horas y horas de twits que hicieron que #TigreBilbao llegase a ser TT no solo en España sino también en Bilbao. Lo que importaba era que había un tigre; que había un tigre en medio de Bilbao, y aunque eso era bueno para la visibilidad internacional de la ciudad, no lo era tanto para los viandantes que corrían peligro de morir y eso no está bien.

Las autoridades tomaron decisiones ejecutivas inminentes y avisaron al servicio de control de animales, o sea, se avisaron a sí mismos porque el sistema de control de animales también dependía de las autoridades (concretamente, del primo del alcalde, que era de su mismo partido no por casualidad sino por convicción). A todo esto, el tigre se lamía la pata para quitarse unos jirones de ropa que nadie sabía muy bien a quién pertenecían.

Toda la Gran Vía fue cerrada, incluyendo a aquellos madrugadores que ya estaban en sus puestos de trabajo. (La culpa, al fin y al cabo, era suya por despertarse tan pronto). Furgonetas de la Ertzaintza rodearon al tigre a una distancia prudente, que tampoco se trataba de provocarlo sin necesidad, y los funcionarios de control de animales, más acostumbrados a gatos, perros y ratas que a grandes felinos charlaban entre ellos como quien se juega a la pajita más corta quién paga una ronda de copas.

Entonces se produjo una respuesta popular que nadie esperaba: rompiendo el cerco de la Ertzaintza, que tampoco era demasiado estrecho como ya hemos dicho, centenares de personas se colocaron alrededor del tigre para impedir que le dispararan ni siquiera un dardo tranquilizante. El tigre, sorprendido por el apoyo popular, levantó la garra y le arrancó la mitad de la cabeza a uno de los manifestantes más cercanos, casi sin darse importancia. Esto no disminuyó la solidaridad de los presentes hacia el animal: habría sido por otro lado bastante hipócrita por su parte que renegasen del tigre por el hecho de comportarse como se comportan los tigres…

Pasaron los minutos y nadie se atrevía a actuar: ni la Ertzaintza, ni la policía, ni los manifestantes. Lo único que pasaba era que cada vez había más gente en la Gran Vía, tanta gente que parecía que ya no podían caber más, y sin embargo seguían llegando y llegando. Tanta gente que ya ni siquiera se conseguía ver al tigre y solo cabía intuir por dónde andaba debido a los gritos y algún que otro chorretón de sangre que salpicaba a los congregados.

Por fin, a las 11.47 (hora española) la Ertzaintza decidió avanzar y acabar con todo aquello, repartiendo palos a diestro y siniestro hasta encontrar al tigre y abrir paso a los expertos en tigres que acababan de llegar de Barcelona (una ciudad con una larga tradición en tigres). Pero no hubo manera: de una forma tan misteriosa como había aparecido, el tigre desapareció, y ya nadie lo volvió a ver nunca, ni en Bilbao ni en ningún otro sitio. En cualquier caso, porque ya habían empezado y ya le habían cogido el gusto la policía siguió repartiendo palos otros cuantos minutos más, así aprenderían para la próxima vez.

La memoria del #TigreBilbao fue efímera pero intensa. Hubo (en Madrid, sobre todo) quien llegó a dudar de su existencia y a insinuar que todo era un intento más de demostrar la peculiar idiosincrasia vasca (todos hidalgos y tigres en las calles), pero en Bilbao y alrededores -hasta el Ebro aproximadamente- nadie dudó de que se había vivido algo poderoso. En los años siguientes, la expresión “esto es como lo del tigre” sirvió para referirse a cualquier hecho sorprendente, asombroso, milagroso, importante o multitudinario, hasta que a fuerza de usarlo perdió todo sentido y toda referencia real.

Al fin y al cabo, quedaban tan pocos tigres en el mundo, que ver a uno vivo, así, cerca, en la ciudad… bueno.

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