Todo tiempo pesado (II, 5): Conversaciones (2)

En el capítulo anterior: Miren y Santi van a museos, pero cada vez menos.

Ahora que éramos pareja, Miren y yo manteníamos nuestras largas conversaciones en facebook o skype prácticamente todas las noches, solo que el tono había evolucionado junto con nuestra relación, naturalmente. No es que practicásemos el sexting, sexchatting o como se quiera llamar, por una razón muy simple: a mí me daba demasiada vergüenza. Lo intentamos un par de veces, y confieso que a Miren se le daba bastante bien (y eso que yo soy teóricamente el verbal en nuestra relación); pero yo, dijese lo que dijese, me sentía fuera de mí mismo, forzado, incómodo. “Quiero quitarte las… eh… los… eh… a todo esto, ¿qué llevas puesto? Porque si no, no sé qué es lo que te tengo que quitar”. “Déjalo, anda…”

Así que hablábamos prácticamente todas las noches, con o sin vídeo, con o sin sonido dependiendo de la voluntad de cada día y de lo liados que estuviéramos. Y si el tono había cambiado era porque ahora hablábamos de cosas menos profundas que antes de ser pareja, lo que quizás resulte sorprendente o quizás no. Hablábamos de tonterías: de lo que estábamos viendo en televisión, de lo que habíamos comido, estábamos comiendo o íbamos a comer, del tiempo, del trabajo, de la familia, de los amigos. La obligación de ser interesantes y ocurrentes se había extinguido, al parecer, en el momento en el que nos habíamos hecho novios.

Por supuesto, como cualquier pareja que se precie, también hablábamos a veces de nosotros mismos.

-¿Qué te atrajo de mí la primera vez? -le preguntaba yo con cierta coquetería, por ejemplo.

-¿Cómo que qué me atrajo? -contestaba ella, para ganar tiempo.

-Sí, ¿qué te gustó de mí? ¿Te enamoraste de mí por mi aire bohemio, o sentiste el deseo incontrolable de poseer mi cuerpo? -aclaraba yo, pedante.

-¿Sabes que eres un pedante, Santi?

-Sí, claro. Pero eso no responde a mi pregunta. ¿Fue mi cuerpo o mi alma lo que te conquistó?

-¿Y no pueden ser las dos cosas?

-Creo que no… El deseo es un apetito del cuerpo; el enamoramiento es una enfermedad de la imaginación. Una inflamación de la imaginación, podríamos decir. Una imaginacionitis.

-¿Y esa enfermedad se cura?

-Sí, se cura sola. Y cuando se pasa la inflamación se ve si debajo había amor, o deseo… o nada.

Hubo una pausa antes de que Miren contestase.

-¿Eso lo has pensado tú solito?

-Lo he pensado yo solito, pero no ahora. Hacía tiempo que tenía ganas de decirlo.

-Haberlo metido en uno de tus cuentos.

-No cambies de tema. ¿Qué es lo que te hizo fijarte en mí?

-Pues no sé, la verdad. No lo he pensado. Creo que más bien me atraía lo que podías darme: estabilidad, calma, equilibrio…

-O sea, que me utilizaste… -propuse, bromeando solo a medias.

-Puedes decirlo así, si quieres…

-Pues si me querías para eso, está claro que fui un fracaso, o fuiste un fracaso tú. O los dos. Porque cuando lo dejamos seguías igual de loca que antes…

-Yo no estaba loca.

-Es una forma de hablar.

-Pues habla de otra forma.

-Lo que quiero decir es que en todo caso me cambiaste más tú a mí que yo a ti, creo…

A esto Miren no contestó.

-Bueno, ¿y tú?

-¿Yo qué?

-¿Por qué te fijaste en mí aquella primera vez?

-Bueno, en realidad no puede decir que yo te escogiera: me escogiste tú a mí…

-Pero algo te gustaría, si no no habrías salido conmigo…

-Sí, claro, eras bonita…

-Bonita. En fin.

-Pero yo creo que me gustaba sobre todo tu energía. Tu carácter, no sé si me explico.

-Más o menos.

-Yo en aquella altura era un crío, y necesitaba algo que me hiciera salir del cascarón…

-O sea, que tú también me utilizaste a mí.

-Pues sí, también se podría decir así, sí.

-A lo mejor por eso no funcionamos: porque en realidad no nos queríamos el uno al otro sino que nos queríamos a nosotros mismos a través del otro…

-No te voy a decir que no… Pero te estás poniendo demasiado metafísico. Además, de eso ya hablamos alguna otra vez, de por qué no funcionamos…

Se hizo un silencio en la conversación, porque el tema había quedado agotado o porque estábamos asimilando las bobadas que acabábamos de decir (sobre todo yo).

-¿Y esta segunda vez? -pregunté yo por fin.

-¿Esta segunda vez? -repreguntó Miren, una vez más ganando tiempo.

-Sí: ahora, ¿por qué estás conmigo? ¿Por mi cuerpo o por mi alma? ¿O me estás utilizando otra vez?

-Esta vez estoy contigo por tu culo. Sin ninguna duda.

Esperé unos segundos a ver si llegaba algún “smiley” que me ayudase a adivinar si hablaba en serio, o hasta qué punto hablaba en serio, pero como no llegó cambié de tema. Y cuando terminamos de hablar, fui al espejo del baño a mirarme el culo.

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