Todo tiempo pesado (II, 4): Museos

En el capítulo anterior: Miren conoce a los padres de Santi, con resultados sorprendentemente pacíficos.

Cuando empecé a salir con Miren, pensé: “Qué bueno va a ser poder ir a museos con alguien de Bellas Artes, voy a aparender un montón”. (Cuando empecé a salir con ella esta segunda vez, quiero decir: en nuestra primera relación, la de los veinte años, no teníamos tiempo para ir a museos ni a conciertos ni al cine, estábamos demasiado ocupados prendiéndole fuego al mundo y volviendo a construirlo desde sus cenizas). “Cuánto voy a aprender”, pensaba, pero luego fui desengañándome poco a poco, hasta que terminé por desengañarme de golpe.

Lo primero que me llamó la atención es que Miren nunca o casi nunca visitaba las exposiciones del propio Guggenheim. “¿Qué exposiciones hay ahora?”; le preguntaba yo. “Una de Rothko y otra de ánforas sumerias”, me contestaba. “¿Y qué tal están?” Y se encogía de hombros. “No sé, no las he visto”. Pero yo pensaba que no iba a verlas por hartazgo, porque después de pasarse ocho horas vendiendo los catálogos y las postales y los posters de las exposiciones, lo último que le apetecía en su tiempo libre era ver más exposiciones.

Así que fue cuando empezamos a viajar juntos, o cuando ella empezó a visitarme en Lisboa, cuando descubrí que Miren tenía un particular rechazo por los museos en general, y por casi todas las obras de arte que contenían, en particular. Siempre tenía que insistirle par aque fuéramos a ver un museo de arte; no tanto para esos museos temáticos que ahora tanto abundan: el museo de la mantequilla, el de la marioneta, el museo de la lata de anchoas. Si eran museos de “arte muerto”, como ella los llamaba, tenía muy poco que hacer. “Ya los conozco”, decía, “los he visto cientos de veces, los he estudiado para los exámenes. Ya vale ya”, decía.

A los museos o galerías de arte contemporánea aceptaba ir sin tanta insistencia, pero los resultados no solían ser muy buenos. Básicamente, podían pasar dos cosas: que la exposición no le gustase, o que sí le gustase.

Lo más habitual, de hecho, es que la exposición no le gustase, y con “no gustarle” me refiero a que le horrorizaba, le indignaba, le sacaba de sus casillas. Entonces se ponía de un humor espantoso y empezaba a despotricar contra los museos, los curadores y por supuesto los artistas, capaces de aceptar que su obra se mercantilizase de aquella forma y se inscribiese en el sistema neoliberal de dominación simbólica capitalista. Todo esto, a gritos, sin respetar el silencio de iglesia que suele imponerse en los museos por algún motivo. Los guardias de seguridad le pedían que hablase más bajo, y ella se negaba (y entonces nos invitaban cordialmente a salir) o bien aceptaba, pero era ella misma la que se largaba de allí dando zancadas militares.

(En una pequeña galería del barrio de Embajadores en Madrid, resultó que el artista estaba presente, y por algún extraño motivo no se tomó muy a bien que Miren le llamara “garrapata del capitalismo tardío”. Eso sí, los canapés de salmón estaban muy ricos).

Y si la exposición le gustaba, eso era casi peor, porque entonces se sumía en un estado de reflexión silenciosa que podía durarle horas. Yo al principio intentaba que me dijera en qué estaba pensando, qué era lo que le había gustado o si la exposición le había inspirado para su propia creación. Pero nunca conseguía arrancarle nada, y de hecho mis preguntas parecían molestarle más que otra cosa, como cuando una persona está profundamente concentrada y alguien le molesta preguntándole qué ingredientes quiere en la pizza.

Así que, llegado un punto, dejé de insistir en ir a museos con ella, y cuando nos veíamos en una ciudad que no fuera Bilbao ni Lisboa nos dedicábamos a pasear, a tomar el sol y a comer buena comida, o directamente nos quedábamos sin salir del cuarto del hotel, de la cama del hotel, de la bañera del hotel. Y casi que mejor.

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2 pensamientos en “Todo tiempo pesado (II, 4): Museos

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