El vértigo del teatro

Cuando era niño, mis padres solían llevarme con ellos al teatro. “Para que vayas aprendiendo lo que es la cultura”; me decían. En una de esas veces, por desgaste de los materiales o por culpa de algún temblor casi imperceptible, la gigantesca araña de cristal del teatro se desprendió, cayendo encima del público. Una de las lágrimas de la lámpara se desprendió con el impacto, y se le inscrustó a mi madre varios centímetros en el craneo. Los médicos dijeron que era mejor no extraerla, porque se podía producir una hemorragia fatal. Así que desde entonces la cabeza de mi madre quedó para siempre convertida en un adorno navideño; además perdió el habla, se le agrió el carácter y las lentejas ya no le quedaban tan ricas.

A lo mejor (a lo mejor no: seguro) de aquí viene mi fascinación por el teatro. Quiero decir, por el teatro como edificio, y no por el teatro como acto cultural. Cuando voy al teatro, no me importa lo que pase en el escenario: he ignorado de principio a fin obras de Shakespeare, de Moliere, de Calderón o de Harold PInter. A los mejores actores del país e incluso del continente los he oído como quien oye llover.

En el teatro, mi atención está en la lámpara, en las lámparas. Todo el tiempo que paso en el teatro, lo paso mirando hacia arriba, intentando detectar cualquier movimiento, por mínimo que sea, y anticipar el momento en el que la araña de cristal va a desprenderse y caer sobre el público, otra vez. La tensión y la emoción que me provoca esta espera (que no creo que comparta con ningún otro espectador) no se compara con nada; no, desde luego, con las patochadas que escribieron Shakespeare, Moliere, Calderón o cualquiera de los otros. Rezo para que la lámpara no se caiga, aunque en el fondo, muy en el fondo, estoy deseando que se caiga. Otra vez.

Nunca compro asientos inmediatamente debajo de la lámpara del teatro. Sin embargo, con el paso de los años he ido aprendiendo, en cada teatro, a escoger asientos que, si no están inmediatamente debajo de la lámpara, quedarían inevitablemente bajo el influjo del impacto, en caso de que hubiera impacto. Estos asientos, siempre los mismos, los tengo reservados a perpetuidad en los mejores teatros de la ciudad. Los acomodadores me conocen, y a veces me dejan pequeños regalos en la butaca: un caramelo, un bombón, una moneda de chocolate. Luego se apagan las luces y mientras todo el mundo mira a Cyrano haciendo el idiota por amor, yo miro a la enorme araña de cristal e intento captar posibles temblores casi imperceptibles.

Cuando visito a mi madre en la residencia y le cuento todas estas cosas, me contesta: “Pgppa, ggagagpa, tlbaa, ptú”.

En el fondo, sé que lo dice con cariño.

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