Todo tiempo pesado (II, 3): Padres

En el capítulo anterior: Miren y Santi continúan su relación a distancia.

Una de las cosas que más me preocupaba (lo que demuestra que no tenía preocupaciones muy graves en aquella época) era el momento en el que Miren y mis padres se conocieran. Hasta había previsto cómo y dónde sería: el el aeropuerto, alguna vez que fueran todos a buscarme a la sección de Llegadas. Ya he contado que Miren solía estar allí con una sonrisa en la cara y algún regalo de broma en la mano; mis padres, en cambio, no solían insistir mucho en ir a recogerme, y yo tampoco se lo pedía demasiado, por razones obvias.

Sin embargo, estaba claro que alguna vez mis padres iban a aparecer al mismo tiempo que Miren, e incluso, si ella llevaba un letrero con mi nombre mal escrito (Shanti Pheres por ejemplo) era hasta posible que empezasen a hablar antes de que yo llegase, con resultados imprevisibles.

Naturalmente, durante mi primera relación con Miren no le presenté a mis padres. Miren, aquella primera Miren de los veinte años, llena de pendientes y rabia y camisetas oscuras, no es el tipo de novia que se presenta a los padres; y mis padres, en mi propia post-adolescencia de los veinte años, tampoco eran algo que yo quisiera mostrar a Miren. Ellos supieron que yo estaba con alguien, pero nunca supieron con quién; dudo incluso que supieran cómo se llamaba.

Ahora, claro, las cosas eran diferentes: Miren no era la misma, yo no era el mismo, ni siquiera mis padres eran los mismos porque ahora estaban jubilados y veían la vida con otra calma. Y aun así, me seguía dando miedo ese choque de dos mundos, como un crossover de comic, Alien vs. Predator, Batman y Superman, Dr. Jekyll y Mr. Proper, algo así.

Y al final, se dio la ocasión. “Te espero en el aeropuerto”, me escribió Miren en un sms con muchos smileys. “Te esperamos cafetería llegadas besos”, me escribieron mis padres en un sms sin ningún smiley.

Todo podía ir bien, claro, pero todo podía ir terriblemente mal o, por lo menos (tampoco nos pasemos de melodramáticos) podía ser una situación moderadamente incómoda. ¿A quién besar primero, a la novia o a la madre? ¿Cómo besar a la novia delante de los padres: con casta ternura o con deseo descontrolado? ¿Ponerle la mano en el culo a la novia es aceptable delante del padre de uno?

Durante el vuelo me imaginé la conversación de un montón de formas diferentes. Por ejemplo:

MIREN: Hola, buenos días.
MI MADRE: Hola, qué tal, encantada. ¿Quieres venir a comer un menú del día con nosotros?
MIREN: ¿Un menú del día? ¿Un menú del día con la crisis que hay? Hay mucha gente en el mundo que no puede permitírselo, que no tiene ni para comprar leche.
MI MADRE: Sí, pero…
MIREN: Ya puestos, ¿por qué no vamos a un restaurante con tres estrellas Michelín y champán Moët & Chandon?
MI MADRE: Pero…
MIREN: Supongo que nos estará esperando una limusina a la puerta del aeropuerto para llevarnos, ¿no? ¡Un menú del día, con la que está cayendo!

O bien, a la inversa:

MIREN: Hola, buenos días.
MI MADRE: Hola, qué tal, encantada. Así que tú eres Miren… ¿Y a qué te dedicas?
MIREN: Trabajo en el Guggenheim…
MI MADRE: ¿En el Guggenheim? ¿Como crítica de arte?
MIREN: No, en la tienda. Vendiendo gomas de Puppy. Ja. Jaja. Jajaja.
MI MADRE: ¿En la tienda? No parece un trabajo muy a largo plazo. ¿Y cuáles son tus planes de futuro?
MIREN: Pues…
MI MADRE: ¿Cuáles son tus planes de desarrollo profesional? ¿Dónde te ves a ti misma en cinco años? ¿Qué intenciones tienes para nuestro Santi?

Naturalmente, la cosa no fue así ni mucho menos. Cuando llegué a la recogida de equipajes vi que estaban esperándome juntos Miren y mis padres, así que ya se habían conocido de alguna forma. Cuando salí, mis padres dieron un cortés paso atrás y dejaron que Miren y yo nos saludásemos primero (opción 1: casto beso en los labios sin mano en el culo). Luego, efectivamente, fuimos todos juntos a comer un menú del día, y la conversación fue bastante fluida, con algunos momentos dedicados a desempolvar todos mis trapos sucios de la infancia.

Después, Miren y yo nos fuimos a dar solos un paseo, y le pregunté: “Qué te han parecido mis padres? ¿Terriblemente pequeñoburgueses, convencionales y retrógrados?” “No digas tonterías”, me contestó, “son un encanto”. Intenté buscar en su cara algún rastro de ironía o condescendencia, pero no puedo decir que lo encontrara.

Cuando por la noche volví a casa de mi madre vino a recibirme a la puerta. “Es un cielo esta chica, ¿eh? ¡Un cielo! Qué pena que estéis tan lejos…” Mi padre no decía nada pero aprobaba en silencio.

Esta buena sintonía entre Miren y mis padres debía haberme aliviado, y de hecho me aliviaba, pero al mismo tiempo también me decepcionaba un poco, e incluso me asustaba: ¿tanto habíamos cambiado Miren y yo en los últimos diez o quince años, como para merecer la aprobación sin reservas de mis padres?

“¿Es que nos hemos vuelto convencionales?”, pensé…

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