Amor y pedagogía

Si lo pienso con frialdad y con un poco de perspectiva, que mi mujer la palmase ha sido lo mejor que podía pasar. Mi mujer era de las que quería evitar a sus hijos cualquier sufrimiento. Los mimaba. Les daba todo lo que querían. Yo le decía: mira que nos van a salir unos blandos; mira que luego la vida real les va a dar hostias como panes; mira que se los van a comer con patatas ahí fuera. Pero mientras ella estuvo viva no hubo forma. Gracias a dios una camioneta le pasó por encima y la dejó chafada y partida en dos en medio de la carretera.

Los críos lo pasaron fatal cuando se murió su madre; es lo que yo digo, si los hubiéramos educado como dios manda desde el principio seguro que ni les habría dado pena.

Lo primero que hice cuando volvimos a casa del funeral de mi mujer fue mandar a los chicos a dormir y apagarles la luz sin darles un beso ni nada. Se acabaron los besos, qué leches. Lo segundo que hice, esa misma noche, fue escribir una lista de tareas domésticas y repartirlas entre los dos niños. A partir de ahora, iban a saber lo que significaba “trabajo remunerado”. Nada de paga semanal a cambio de nada. ¡Salario! ¡Salario justo!

No se pusieron muy contentos cuando se lo expliqué. Así que les bajé el sueldo un euro a cada uno. Pero luego comprendieron mis argumentos: algún día seréis mano de obra, les dije, cuanto antes empecéis a ser mano de obra, mejor. Y no protestéis u os atizo una bofetada.

Se adaptaron bastante bien al mercado de trabajo, para tener siete y nueve años, aunque a veces zanganeaban y había que darles unos azotes. Era por su bien: el mundo ahí fuera es muy cabrón. Si se ponían enfermos se lo descontaba del sueldo. Si rompían algo, se lo descontaba del sueldo. Y los niños rompen muchas cosas. Muchas veces terminaba la semana y me debían ellos dinero a mí.

El sistema económico de la casa funcionó bien hasta que los trabajadores empezaron a rebelarse. Dejaban las cosas sin hacer o las hacían mal a propósito. Así que les dejé sin paga una semana. Luego les di una bofetada a cada uno y les dejé sin paga otra semana más. A la semana siguiente contraté a los hijos del vecino, que eran más pequeños y también más estúpidos, para que hicieran el mismo trabajo por la mitad de precio. Mis hijos estaban indignados, conmigo pero sobre todo con ellos, con los hijos del vecino. Siempre habrá alguien que quiera hacer vuestro trabajo por menos dinero, les dije. Así aprenderéis a quejaros. Y a odiar a los que vienen de fuera.

A la semana siguiente ya habían dejado la huelga y habían aceptado un sueldo dos euros más bajo.

Pero todavía aquello no me parecía del todo justo: ellos hacían su trabajo, pero yo ponía todo lo demás: el techo, la comida, la electricidad, el agua, todo. Así que empecé a descontarles un alquiler del sueldo. Y cuando cumplieron los quince años les di la oportunidad de comprar su propio cuarto, pagándomelo con intereses en los próximos cincuenta años. ¡Si eso no es una lección de vida, yo no sé lo que es!

El peligro de huelga seguía existiendo. De hecho, era más alto cuantos más años tenían mis hijos, que ya entrados en la adolescencia me odiaban como todos los hijos adolescentes odian a sus padres, pero con más motivo en mi caso. Me da igual, que se jodan: conseguí ponerles al uno contra el otro. Le subía el sueldo al mayor y le decía al pequeño que su hermano se había chivado de él, le ponía todas las cargas más pesadas a uno de ellos y alababa solo las tareas que hacía el otro, me los llevaba por separado a tomar un batido y criticar a su hermano…

Era en el fondo divertido, pero eso no es lo importante, lo importante es que era una representación adecuada de la puta mierda de mundo que se iban a encontrar cuando salieran de mi casa.

Y la lección definitiva fue echarles de casa en cuanto cumplieron los dieciocho años. Aquí ya no tenéis nada que hacer, iros a tomar por culo, les dije. Les preparé un documento con todas las cantidades que todavía me debían por alojamiento y manutención y les puse la maleta en la puerta. Gracias por vuestros servicios, hasta nunca, se acabó, chimpún.

No he sabido mucho de ellos desde entonces. El mayor creo que trabaja en una panadería donde espero que le paguen poco, que no se le suba a la cabeza. El pequeño, bah, el pequeño siempre fue un blando, no conseguí quitarle el enmadramiento ni a base de leches.

Para hacer las tareas de la casa que antes hacían ellos contraté a una chica colombiana, Roberta se llama. Le pago poco y le hago trabajar mucho, pero no se queja, está bien educada. Si se pone enferma, se lo descuento del sueldo. Si rompe algo, se lo descuento del sueldo. A pegarle no me atrevo porque a lo mejor me la devuelve.

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