Todo tiempo pesado (II, 2): Distancia

En el capítulo anterior: recuperamos las aventuras de Santi y Miren, con todo lo que eso implica.

Nuestra primera relación, la de hacía diez años, también había sido una relación a distancia, en cierta forma: estudiábamos en la misma ciudad y pasábamos mucho tiempo juntos, pero no vivíamos en la misma ciudad, así que también pasábamos mucho tiempo separados. Los fines de semana, cuando nos apetecía vernos, yo iba a Vitoria o ella venía a Bilbao, y a veces, muy pocas veces, nos encontrábamos en un sitio distinto, en San Sebastián por ejemplo (para poder criticarlo, cada uno por motivos diferentes).

Y ahora, diez, quince años después (prefiero no sacar la cuenta exacta) volvíamos a estar en una situación parecida, solo que en vez de una hora de autobús nos separaba una hora de avión.

No es fácil mantener una relación a distancia: es frustrante no poder verse, tocarse, hablarse en persona, no poder compartir las tonterías que pasan todos los días, y que también forman parte de una relación, como cuando a Miren una turista le rompió las gafas en el Guggenheim y yo solo me enteré un mes después, o cuando a mí me dijeron que me iban a publicar un artículo en una revista y no se lo conté a Miren inmediatamente y ya no se lo conté nunca. Y la imposibilidad de saber lo que la otra persona está haciendo cuando no contesta al teléfono y es sábado y es tarde y había quedado con un amigo: de las relaciones a distancia líbrense los celosos.

Es dura la separación de los cuerpos, cuando esos cuerpos quieren estar juntos.

Y sin embargo, al mismo tiempo también es fácil una relación a distancia, porque se evitan las discusiones cotidianas por tonterías cotidianas, y porque los malos humores que provoca la vida siempre se descargan en el que está a nuestro lado en el salón viendo un programa tonto de gente que imita a cantantes famosos, por ejemplo. Y ahora que existen el email y el skype y el facebook y los blogs (Whatsapp no era todavía famoso en la época en la que Miren y yo estábamos juntos), las relaciones a distancia ya no son tan a distancia.

Aunque contra la separación de los cuerpos, contra eso todavía no se ha inventado nada.

Durante aquellos primeros meses, Miren y yo hicimos lo posible por minimizar la distancia que nos separaba. Dios, que es sabio, creó Easyjet y le ordenó poner una línea directa Bilbao-Lisboa, así que con suerte y con la debida previsión conseguíamos viajar por 50€ ida y vuelta más gastos de envío, aunque fuera en fines de semana precipitados o en las pocas vacaciones que Miren tenía en el Guggenheim (porque no, Miren no llegó a dejar el trabajo en el Guggenheim, aunque siempre decía estar a punto de dejarlo).

Eran gloriosos, los reencuentros, ya en el aeropuerto donde nos esperábamos siempre que podíamos, a veces con un ramo de flores de plástico o con un cartel en el que nuestros nombres estaban mal escritos -porque nuestra relación, si algo era, era irónica y autoparódica-. Lo que nunca faltaba era la mano (a veces mía, a veces suya) que disimuladamente bajaba de la cintura al culo, el taxi apresurado hasta casa, el polvo fogoso y alegre y casi siempre demasiado rápido, así que luego venía otro polvo más reflexivo y pausado.

Otras veces, pero pocas, porque el dinero no daba para mucho, Miren y yo nos reuníamos en una ciudad distinta, por ejemplo Madrid (para poder criticarlo, cada uno por motivos diferentes), en fines de semana igual de apresurados y en hoteles lo más baratos posible sin llegar a caer en lo cutre o en lo contagioso. Esos eran probablemente los días de más felicidad de nuestra relación.

Y así, como uno se acostumbra a todo, Miren y yo también nos acostumbramos a la rutina de la distancia y la videoconferencia y los encuentros en el aeropuerto y los polvos de aterrizaje con la maleta por deshacer.

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