Sesión especial

Proyectaban en la cinemateca una película de Ingmar Bergman, Juegos de verano. Eran las siete, la hora prevista de la película, y ahí estábamos, unas doscientas personas en el hall, esperando a que se abriesen las puertas. En la taquilla había todavía una cola considerable: sin duda algún problema informático en la impresión de las entradas. Entre la multitud me pareció reconocer a un profesor de mi universidad, no sé si de Historia o de Lingüística o de qué. (Noté también, en este tiempo de espera, que había una chica que me miraba mucho; parecía joven y no le faltaba atractivo, o sea que era bonita).

La gente que iba comprando la entrada en la taquilla se iba uniendo a nosotros; el hall iba llenándose cada vez más. Me acerqué un momento a hojear el folleto de la película, sobre todo para ver cuánto duraba. Solo quedaba uno; 93 minutos. Desde mi nueva posición veía los grupos de personas con sus guantes y sus bufandas (era un día muy frío) comentar impacientes sobre la película que íbamos a ver. “La película más bonita, dijo Godard en los Cahiers“, comentaba un hombre calvo de gafas a mi lado.

Busqué a la chica bonita con la mirada, y la encontré; ella también estaba mirando en mi dirección en ese momento. Me pregunté si ella me miraba porque yo la miraba, o sea, si se sentía observada, acosada, incómoda; si estaba siendo un baboso, en otras palabras. Luego la vi sonreír débilmente y me quedé tranquilo.

En ese momento se abrieron, por fin, las puertas. Poco a poco empezaron a entrar los primeros espectadores, a medida que el acomodador, o mejor dicho, el de seguridad, les iba revisando la entrada. La oleada de satisfacción y alivio que recorrió el hall casi podía navegarse.

Y entonces, cuando solo debían haber entrado en la sala una treintena de personas, se apagaron las luces y empezó a sonar la música que anunciaba el inicio de la sesión. “¡Eh!”, gritó alguien detrás de mí. “¡Que todavía no hemos entrado!” “Dicen que las primeras escenas en las películas de Bergman son fundamentales”, comentaba otro, “porque establecen el tono”. Alguien me empujó por detrás, con todo el cuerpo. “¡Eh!”, grité yo también, y casi sin querer empujé a mi vez al que tenía delante.

Seguían sonando los acordes de los títulos de crédito y el hall era un hervidero y un caos. La gente seguía misteriosamente llegando de la taquilla, así que aquello parecía no vaciarse nunca. De la puerta de la sala llegaron gritos más altos (alguien había intentado colarse, alguien le había pegado un codazo a alguien, alguien estaba sangrando por la nariz y le había manchado la corbata a alguien). Yo mismo me sentía empujado hacia la puerta, físicamente por las manos que se apoyaban en mi espalda; metafísicamente por la indignación de que me estuviesen robando la experiencia de ver la película entera, desde la primera imagen.

Cuando oímos (a través del griterío) las voces de los actores en la pantalla, indicando que se habían terminado los créditos, fue el sálvese quien pueda. Hubo un grito común y animal de indignación, y luego avanzamos todos a una, cien personas intentando pasar por una puerta por la que no pasaban más de dos o tres cada vez. Hubo más gritos y forcejeos (alguien se cayó al suelo, alguien lo pisó, alguien se tropezó en ese alguien, alguien pisó a ese alguien que se había tropezado en ese alguien). Para cuando yo llegué a la puerta, se había formado un tapón como los de sanfermines a la puerta de la plaza y había que saltar varios cuerpos para entrar en la sala.

Ya nadie controlaba las entradas en la puerta (¿Dónde estaba el acomodador, o mejor dicho el de seguridad? Quizás huido, o inconsciente), lo que me parecía intolerable, porque yo había pagado mis 3,20€ por entrar, y porque la cultura no es un derecho sino un privilegio. (Intenté buscar con la mirada a la chica bonita, pero claro, con la luz pálida y temblorosa que venía de la pantalla no era fácil encontrar a nadie; es posible que estuviera sentada en una de las filas a mi espalda, o que estuviera tirada en el suelo en medio de un charco de sangre. Lo comprobaría al final, si me acordaba).

Poco a poco los últimos espectadores se fueron sentando en los asientos libres, y por fin pudimos sumergirnos en la película de Bergman. ¡Qué belleza de planos! ¡Qué serenidad de ambientes! ¡Qué intensidad de actuaciones! Efectivamente, “la película más bella”, señor Godard. ¡Y qué sensación tan cálida, la de ser una persona culta y poder apreciar la misma belleza que Godard! La única pena es que los lamentos de los heridos de la puerta no nos dejaban apreciar perfectamente la espléndida dicción del sueco original…

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