Todo tiempo pesado (II, 1): Para entrar en calor

En la temporada anterior: Miren y Santi se reencuentran y deciden retomar su antigua relación romántica.

Un día de noviembre, cuando llevábamos aproximadamente tres meses de nuestra nueva relación, Miren me mandó por email un dibujo que había hecho. “Es una estampa lisboeta”, me dijo.

En la imagen (pintada al carboncillo, aparentemente) se veía una casa bastante destrozada, con desconchones y manchas de humedad en las paredes, como muchas que se ven en los barrios de Alfama o Mouraria, por ejemplo. En el centro del dibujo había una señora mayor asomada a una ventana, mirando hacia la calle; frente a ella, colgando debajo de la ventana, había un tendedero lleno de ropa colgada, incluidas varias bragas, sujetadores y trapos de cocina, todo mezclado. En la esquina había dos gatos: uno de ellos urgaba entre unas bolsas de basura medio abiertas, y el otro miraba a la vieja de la ventana con cara de escepticismo estoico (o sea, con cara de gato).

-Es muy bonito -le dije a Miren-, creo que lo voy a imprimir en papel bonito y lo voy a enmarcar.

-No hagas eso, hombre, que no es para tanto.

-Sí es, sí. ¿Y cómo así se te ocurrió pintar esto?

-Pues no sé, estaba pensando en ti y me vino es imagen… Esa imagen somos tú y yo, ¿no te parece?

No le dije ni que sí ni que no, porque no estaba seguro de lo que quería decir. Tampoco le pregunté. No sabía si me veía a mí como el gato que rebusca en la comida y a ella como a la vieja que espera en la ventana, si nosotros dos éramos los gatos, o si yo era la vieja y ella la bolsa de basura; o a lo mejor nosotros éramos el edificio, la vieja representaba el inexorable paso del tiempo y los gatos eran simplemente gatos… Con Miren, quién sabe.

Sea como sea, por culpa de esa frase no me atreví a imprimir y enmarcar el dibujo como había dicho: me daba miedo que contuviese algún mensaje que yo no era capaz de interpretar, por algún motivo, pero que el resto del mundo entendería perfectamente. “¿Has visto ese cuadro? Dice que Santi es un cornudo”, o bien “La posición de la mano de la vieja significa que Santi es malo en la cama”, o “¡Así que Miren piensa que Santi no sabe cocinar!”. Yo qué sé, la paranoia no se rige por la lógica.

La siguiente vez que Miren vino a visitarme, lo primero que hizo nada más entrar en casa fue buscar el cuadro por toda la casa, porque yo no le había dicho que al final no lo había imprimido y enmarcado. Se molestó, intentó ocultarlo, no lo consiguió, discutimos, luego nos abrazamos y nos reímos y follamos y todo estuvo bien.

Pocos días más tarde, con Miren ya de vuelta en Bilbao, me llegó un mensaje de Miren. “Para que entres en calor”, decía, porque yo me había estado quejando del frío que pasaba en mi casa lisboeta. El dibujo era un desnudo femenino, de una mujer con las piernas abiertas y los músculos tensos, la cabeza tendida hacia atrás, la cara oculta, la espalda arqueada quizás a causa de los temblores de un orgasmo. No me costó mucho reconocer a Miren en aquel cuerpo, aunque más bien a la Miren de los veinte años que a la de ahora.

“Joder”, le contesté a vuelta de correo. “Joder”. Pero tampoco ese dibujo tuve valor para imprimirlo en papel bonito, enmarcarlo y colgarlo en mi salón.

En el próximo episodio: Miren y Santi, a distancia.

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