Izquierdismo radical

Luis Agudo tenía un extraño e intenso fetichismo por la izquierda, por lo izquierdo, por todo lo que estuviera a la izquierda. Daba igual qué: pie, pierna, muslo, nalga, espalda, pecho, brazo, mano, ojo, oreja, todo era abrumadoramente erótico con tal de que estuviera en el lado izquierdo de la mujer. Cuando paseaba de la mano con sus parejas, Luis siempre iba a la izquierda, para poder ver constantemente ese lado del cuerpo de sus acompañantes; durante el acto sexual, les pedía que se colocasen de perfil, lo que dificultaba ciertas posturas y movimientos pero a cambio proporcionaba momentos de placer inconmensurable (a él, al menos). Las mujeres zurdas, obviamente, lo volvían loco.

Esta particular preferencia de Luis no habría pasado de ser una de tantas peculiaridades íntimas que existen en el mundo del dormitorio sin que sepamos que existen (o sin que queramos saber que existen), si no fuera porque una de sus parejas resultó ser una científica, neuróloga para más señas. Como novia, el izquierdismo radical de Luis le resultaba incómodo y algo desasosegante (de hecho, no duraron más de tres meses), pero como investigadora le parecía apasionante.

Con el consentimiento de Luis, lo sometió a todo tipo de pruebas para comprobar el origen y las peculiaridades de su “perversión”, como ella la llamaba (lo que sin duda no contribuyó a que su relación progresase): le mostraba fotografías de mujeres desnudas, volteadas de izquierda a derecha como en un espejo; fotografías de mujeres cortadas por la mitad (las fotografías, no las mujeres); imágenes distorsionadas, collages de dos mujeres diferentes, de estaturas diferentes, de razas diferentes.

Daba igual lo que fuera, daba igual los trucos que se empleasen: el cerebro de Luis era capaz de reconocer al instante lo que era izquierdo y lo que era derecho, y solo lo que pertenecía a la primera categoría tenía la capacidad de excitarlo sexualmente. Si se le mostraba la imagen de una mujer compuesta por dos mitades derechas de una mujer, pegadas, su respuesta era nula; si eran dos mitades izquierdas, los índices de respuesta se salían del gráfico.

Con los resultados de sus investigaciones, la investigadora publicó un artículo mediano en una mediana revista de neurología; como artículo científico pasó bastante desapercibido, por no decir que no fue tomado en serio por sus colegas. Ahí podría haber terminado todo si no fuera porque el artículo fue descubierto por un periodista en busca de una noticia ligera con la que cerrar un telediario por lo demás deprimente. Cómo llegó a leer el artículo el periodista, o cómo supo reconocer quién se escondía detrás del seudónimo de “paciente I” es un misterio, que quizás se aclare un poco si consideramos que el periodista y la autora del artículo habían ido al mismo colegio y a la misma clase.

Así que su caso salió en el telediario, y aunque su cara salió convenientemente distorsionada, no faltó quien lo reconociese por la forma de andar, de hablar o de vestirse. Muchos chistes se hicieron sobre él, la mayoría de ellos facilones, insultantes y de muy mal gusto. Algunos de sus conocidos empezaron a rehuírle o a mirarle con cara de bicho repulsivo, aunque por dentro pensasen: “Si tu supieras lo que me gusta a mí…”; otros le daban palmetazos en la espalda y le decían “¿Cuál es tu lado bueno, el izquierdo?”, lo que era casi peor.

En la oficina el ambiente se hizo irrespirable (las mujeres, en particular, evitaban acercarse a él por su lado derecho) así que pidió permiso para teletrabajar y le fue concedido. Luis Agudo, que siempre había sido un hombre popular y dicharachero, se había convertido en un solitario, un outcast, un apestado. Cuando cumplía con las obligaciones laborales, se pasaba las tardes viendo la televisión, esperando que en cualquier momento lo mencionasen o lo convirtiesen en un nuevo meme en internet.

No todas las consecuencias de la fama fueron tan negativas; por ejemplo, un partido minoritario le ofreció aparecer como modelo en una de sus campañas, con el lema “Para los que saben distinguir la verdadera izqueirda”, pero Luis rechazó la propuesta porque era, paradójicamente, un hombre de firmes convicciones conservadoras.

Por esa misma altura, poco después de emitirse el reportaje en televisión, Luis empezó a recibir cartas: cartas de mujeres (y de algunos hombres) a los que les faltaba una pierna, o que habían perdido un pecho a causa de una mastectomía, o que tenían la mitad derecha de la cara desfigurada. Le decían que gracias a él y a su historia volvían a sentirse atractivas, volvían a sentir que podían provocar deseo en un hombre. Algunas adjuntaban fotografías; algunas proponían encuentros amistosos, románticos o explícitamente eróticos.

Normalmente Luis contestaba a estas cartas con un breve mensaje de agradecimiento, y declinaba un posible encuentro. Pero hubo una carta diferente al resto, a la que respondió de manera diferente al resto. Era de una muchacha de su misma ciudad, llamada Aurora, que decía sentirse identificada con él, porque ella también tenía su propia “peculiaridad”: le gustaban los hombres con una pierna más corta que la otra, un “supuesto defecto” (así lo llamaba) que él poseía, a juzgar por las imágenes que había podido ver en la televisión.

El primer encuentro tuvo lugar en una cafetería del centro, y afortunadamente sin cámaras; en el segundo encuentro fueron al cine; en el tercero, él cocinó una merluza al horno para ella, y después exploraron sus mutuas peculiaridades sin sorpresas ni sobresaltos. La boda tuvo lugar dos meses después en una iglesia pequeña y abarrotada. Aurora y Luis tuvieron dos hijos casi perfectamente simétricos, lo que hasta cierto punto fue una decepción para sus padres.

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