Fin de año y todo lo demás

Estaba incómodo en la cama, no conseguía dormir, así que a eso de las cuatro de la madrugada cansado de dar vueltas y más vueltas decidí prenderle fuego, conmigo dentro. Apliqué el mechero a las sábanas, en la zona de los pies, y costó un poco de tiempo, pero al final prendió. Era un fuego, al principio, casi sin llama, como si se consumiese hacia dentro; solo cuando alcanzó la manta empezó a arder con más ruido y más furia.

Yo intentaba apartarme lo más posible de las llamas, pero luego comprendí que esta era una actitud absurda y contraproducente: si lo que quería era inmolarme en una pira como los héroes de las sagas antiguas, tenía que enfrentar mi destino con entereza. Así que me tumbé totalmente estirado en la cama y esperé a que pasase lo que tenía que pasar.

El fuego empezó a lamerme primero los pies, como una vaca de lengua áspera, con un calor demasiado intenso y muy doloroso. Pinchaba, cortaba, quemaba. Era una sensación casi insoportable, solo que en realidad conseguía soportarla, aunque a duras penas. Gritaba, gritaba. Olía a grasa y a carne y a pelo quemado.

Las llamas avanzaban cada vez más rápido, ya me habían envuelto y a estas alturas ya no había vuelta atrás. Me pareció oír una sirena por la ventana, pero supuse que debía tener que ver con otra cosa y no conmigo porque yo no soy tan importante. Instintivamente me protegí la entrepierna con las manos, sin darme cuenta de que tanto las manos como la entrepierna ya estaban ardiendo.

Se desplomaban cosas a mi alrededor: libros, cintas, muebles, cuadros. El estruendo del fuego y de las cosas al caer y romperse debía haber despertado sin duda a mis vecinos. (Y mis gritos, mis gritos). Pero si yo no puedo dormir, que no duerma nadie más en el mundo. Puedo decir, orgullosamente con orgullo, que en ningún momento me pudo la tentación de saltar de la cama e intentar escapar, aunque fuera ventana abajo hacia una muerte segura; en vez de eso, me quedé tumbado en la cama esperando a otra muerte igualmente segura.

Cuando por fin llegaron los bomberos a apagarme, o sea, a apagar el incendio en el que me había convertido, yo ya no era yo: era un amasijo de cosas quemadas que habían dejado de significar nada; un resto de carne, ceniza, polvo, humo, en un cuarto empapado por el agua de los bomberos. Pero por lo menos, por fin había conseguido dormir.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s